
Curación del duque de Normandía por los médicos de Salerno: En la parte inferior izquierda aparece el enfermo rodeado por los cuatro fundadores de la Escuela y a la derecha se observa retirándose ya curado y agradecido.
¿Por qué hacer una reseña en este blog sobre la Escuela médica de Salerno? La verdad es que la primera vez que me topé con una referencia sobre ella quedé alucinado: existía en Europa, en el sur de Italia, en mitad de la oscura y atrasada Edad Media, cuando los avances científicos eran prácticamente irrisorios, una escuela médica que, no solo era pionera en cuanto a la formación médica en Europa, sino que tendría un prestigio y una influencia importantísima y prolongada durante siglos en diversos ámbitos del conocimiento médico.
Como digo, la Escuela médica de Salerno fue una institución muy adelantada en plena Europa medieval, no solo sentó las bases de la educación médica reglamentada, sino que además promovió un enfoque más creativo y revolucionario del saber, dándole una perspectiva más interdisciplinaria y dinámica, interrelacionándolo con los conocimientos derivados de las culturas grecorromana, árabe y judía, y enfocándolo hacia aspectos más prácticos y experimentales. Por si esto fuera poco, esta escuela se constituyó como una de las primeras precursoras en la inclusión de las mujeres, no solo entre sus alumnas, sino también trabajando de profesoras, como ocurrió con Trótula y otras.
Podemos decir, por tanto, que la Escuela de Salerno dejó un legado clave para comprender la transición de la medicina medieval a lo que podríamos considerar la medicina moderna.
¿Cómo se presentaba el panorama para la medicina en época medieval? No muy prometedor desde luego… Empecemos por hacer balance muy general de un periodo que fue, como es bien sabido, una larga época dominada por un régimen feudal y por la presencia omnipotente de la Iglesia, inmerso – salvo cortos periodos de relativa tranquilidad – en guerras, epidemias, hambrunas y decadencia intelectual. Desde nuestro actual punto de vista, es fácil señalar nefastos atributos para describir lo que fue aquella etapa de la historia, pero hay que tener en cuenta que en época de crisis permanente, las personas preferían someterse a un sólido y rígido poder central que a carecer por completo de gobierno, de ahí la persistencia del severo sistema feudal. Por otra parte, la Iglesia era, en el orden espiritual, la institución moral que mejor podía garantizar la pervivencia de este sistema, ya que disponía de una estructurada organización, regida por un centralismo autoritario con capacidad de imponer una firme disciplina y de cuyo poder emanaban férreos preceptos y disposiciones.
Difícil era en este ambiente que hubiera un mínimo impulso encaminado a lograr algún que otro avance científico o médico. Al contrario, lo común era concebir la enfermedad como derivada de otros males, no tanto físicos o fisiológicos como espirituales, posesiones diabólicas de diverso tipo o consecuencia directa de algún tipo de castigo por los pecados cometidos. Así lo decía Agustín de Hipona: “todas las enfermedades de los cristianos tienen su origen en los demonios”. Así las cosas, no es de extrañar que la población general recibiera como tratamiento a sus problemas de salud una curiosa sarta de oraciones, exorcismos, supersticiones, encantamientos y fórmulas mágicas. Eso sí, los más privilegiados podían también acudir a la imposición de manos por parte de la realeza, adelanto dudosamente significativo con respecto al vulgo.
El conocimiento estaba muy preservado, confinado más bien, tras los gruesos muros de los conventos y abadías, y aunque la mayoría de ellos contaban con hospederías y salas de asistencia a enfermos, fundamentalmente para peregrinos, la atención que se prestaba por parte de los monjes era pobre y basada en el puro empirismo. Para colmo, en el año 1139, el papa Inocencio III, muy preocupado él porque con la dispensación de cuidados médicos los monjes descuidaran sus obligaciones eclesiásticas, prohibió expresamente a todos los clérigos la prescripción de medicinas. Esta restricción fue posteriormente legitimada por el papa Alejandro III que, no contento con ello, prohibió taxativamente, bajo pena de excomunión, asistir a cualquier clase, circunstancia o acción formativa en temas médicos. A pesar de todo ello, muchos religiosos continuaron prestando asistencia a los enfermos y recetando remedios, por lo que al final se llegó a una solución de compromiso por la que los clérigos podían prescribir determinados tratamientos excluyendo, y ahí la orden fue concluyente, cualquier tipo de procedimiento quirúrgico
En este contexto, en la ciudad portuaria de Salerno, en el sur de la península itálica, se dieron una serie de circunstancias que propiciaron el surgimiento de un auténtico faro de conocimiento: una afamada escuela que iba a ser un prodigio de luz en medio de la oscuridad.
¿Cuáles fueron esas circunstancias? Para empezar, Salerno se había convertido en un verdadero cruce de caminos comerciales y culturales entre Bizancio, el mundo islámico y el norte de Europa. Por otra parte, en esta zona existía una rica cultura de tradición greco-latina y una fuerte influencia árabe y normanda. Este aspecto multicultural se refleja muy bien en la leyenda referida a la creación de la escuela a cargo de cuatro grandes sabios de distinto origen: el griego Helinus, el judío Salomón, el árabe Abdela y el latino Pontus.
Salerno se había hecho acreedora de una larga tradición que la estimaba por ser una zona beneficiada con un clima y unas aguas ciertamente saludables, desde siempre había atraído a muchos enfermos y convalecientes en busca de alivio y mejoría para sus dolencias y, por supuesto, por las mismas razones atraía a los médicos de la época. Además, cerca la ciudad se encontraba la Abadía de Montecassino, que disfrutaba de un enorme prestigio cultural y médico debido a la gran labor de recopilación del saber científico de la época llevada a cabo por sus monjes. De hecho, ya en el año 820, los monjes benedictinos habían fundado un hospital en la propia Salerno, hospital del cual progresivamente se fueron liberando algunos médicos laicos que preferían actuar basándose en la práctica y en la experiencia, es decir, iniciadores del método empírico, que se fueron agrupando y organizando bajo la regencia de un decano, algo insólito también, llevando a cabo no solo actividades asistenciales, sino también relacionadas con la docencia médica. Dado que eran unos iniciadores y que se habían descolgado del orden oficial, al principio contaban con un contenido teórico muy pobre y fragmentado, que poco a poco debieron ir ampliando y enriqueciendo.
En estos primeros momentos de la escuela surge una figura central, el arzobispo Alfano, personaje multifacético, médico, poeta, teólogo, arquitecto y políglota, que dominaba perfectamente el árabe y el latín y que además fue autor de obras de diversa índole. Este don de lenguas no es de extrañar en Alfano si tenemos en cuenta que su principal aportación a la escuela se desarrolló en el terreno de las relaciones públicas, ya que movió los hilos necesarios para lograr que Constantino el Africano, bajo sus indicaciones, viajara por el mundo islámico, interesándose y aprehendiendo las medicinas al uso y las formas en que se organizaba la asistencia a los enfermos, recogiendo testimonios prácticos y escritos hasta hacerse y traer consigo una biblioteca de textos médicos de un valor incalculable. Este fondo abrió un camino de conocimiento que dinamizó de forma considerable los estudios en la escuela, estudios que fueron el origen de una auténtica revolución para la medicina de Occidente.

Constantino examinando la orina de los pacientes.
Constantino el Africano estuvo trabajando y enseñando en la escuela durante diez años, hasta su retirada al Monasterio de Montecassino. Esta otra labor fue también crucial porque tradujo al latín unos treinta escritos árabes que enriquecían la tradición clásica hipocrática y que fueron introducidos en el currículum de la escuela, y de allí difundidos por Europa. Algunos de estos textos constituirán la base del conocimiento médico durante varios siglos. Por nombrar solo los tres más relevantes y que denotan su espíritu salernitiano en el sentido de ser claros, breves y prácticos:
De Aegritudinum curatione, considerado el mejor tratado de patología y terapéutica especiales.
El famoso Regimen Sanitatis Salernitanum, poema de preceptos racionales, dietéticos e higiénicos cuya vigencia fue larga tal y como atestiguan sus 240 traducciones hasta 1857.
Y la Práctica Chirugiae, del famoso profesor de cirugía Rogerio Frugardo, que dominaría la enseñanza de la materia por más de un siglo en toda Europa y de uso obligado en las nacientes universidades (Bolonia, Montpellier, Padua).
Además, la Escuela hizo importantes contribuciones para el progreso de la medicina y la salud al crear las bases de la reglamentación de la profesión, de forma que pasó de ser una ocupación sin ninguna titulación ni enseñanza reglada a disponer de un estricto programa formativo con la cumplimentación, por parte de los aspirantes médicos, de tres años de estudios preparatorios más cinco años de formación médica en la propia escuela y de un año de práctica con un médico experimentado, sometiéndose al final a un riguroso examen de sus competencias y conocimientos por parte de los profesores. Como vemos, aquellas raíces se pueden rastrear hasta esta época ya que el método se parece mucho a nuestro actual y prestigioso sistema de Médicos Internos y residentes. Este reglamentado ciclo formativo logró que los médicos formados en la escuela contaran con un gran prestigio por lo que todas las universidades que nacían en ese momento querían contar con profesores salernitianos, muy apreciados por su conocimiento, metodología docente y la claridad de sus ideas.
La Escuela de Salerno pervivió durante muchos años, aunque en sus finales sufrió una lenta decadencia, hasta el saqueo por parte del emperador Enrique VI y su posterior cierre en 1811 por orden de Napoleón. De todos modos es una historia que termina bien, ya que en el año 2005 el gobierno italiano fundó la Facultad de Medicina de Salerno, recuperando así para la ciudad su legado más valioso y perdurable.
Los hitos del legado de la Escuela salernitiana, muy resumidos, serían: apostar por la fusión de la medicina clásica, bizantina y árabe; preconizar, tanto para la práctica como para la formación, un enfoque basado en la experiencia, la observación y la experimentación, enfoque que sirvió de base para la medicina empírica y la racionalización del conocimiento médico; ser la precursora de la educación médica formal, estableciendo un modelo de currículo estructurado y de licenciatura que luego fue adoptado por las universidades. Entre todos estos, algo no menos importante: propició la apertura del conocimiento, en este caso médico, así como la práctica de la formación, a las mujeres, lo que sentó un precedente único en la historia de la medicina, algo que no se repetiría casi hasta finales del siglo XIX.
Como vemos, decir que la Escuela Médica de Salerno es un luminoso símbolo de la ciencia en el pretendidamente sombrío corazón de la Edad Media no es, para nada, una exageración.

Cubierta de la primera edición del Regimen Sanitatis Salernitanum (1480)
Referencias:
- Trilogía de la Escuela de Salerno: El renacimiento médico. Alejandro Melo-Florián. Universo de Letras, Madrid, 2025.
- La Escuela Médica de Salerno. Alfredo E. Buzzi. Alma. Cultura y medicina. Vo, 10, Nº 2. Junio, 2024.
- Salerno: la primera escuela de Medicina. Jorge E. Valdez García. Avances Humanidades Médicas. Monterrey.
- Escuela Médica de Salerno. Edad Media. Tomo III. Historia Universal de la Medicina. Pedro Laín Entralgo. Salvat Editores. 1978.
- Historia de la medicina. Kenneth Walker. 1966.
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