
Tubos de vacío y bobina de Ruhmkorff, Memorial Röntgen, Alemania.
«Con frecuencia, la naturaleza revela los más increíbles fenómenos que se originan de las observaciones más simples, pero que solo pueden ser reconocidos por personas dotadas de sagacidad y espíritu investigador, que han aprendido a extraer información de la experiencia, maestra de todas las cosas» – Athanasius Kircher.
Lo más habitual, al hablar de Wilhelm Conrad Röntgen, habría sido seleccionar la famosa imagen de la radiografía de la mano de su esposa, Anna Bertha, realizada la noche del 8 de noviembre de 1895. Este hallazgo desató una auténtica revolución en la ciencia médica al permitir ver a través de la piel y los tejidos blandos del cuerpo y observar las estructuras internas. Su descubrimiento se inserta en el siglo XIX, considerado la era de los grandes avances en física, marcada por el estudio de la electricidad, el magnetismo y la naturaleza de la materia.
Sin embargo, he elegido la foto de los instrumentos del laboratorio de Wilhelm, que muestra los componentes de los tubos de Crookes. Estas herramientas fueron la base de su gran descubrimiento y definen la esencia investigadora de Röntgen: rigor científico, habilidad y destreza en la elaboración de su propio instrumental, capacidad para desarrollar y aplicar técnicas de control experimental, decidido compromiso con la teoría científica, meticulosidad como investigador y una inquebrantable ética profesional.
Wilhelm Conrad Röntgen había nacido en 1845 en Lennep, una pequeña villa prusiana de Westfalia, en la región del Rin. Proveniente de una reputada estirpe de fabricantes y comerciantes de telas, tuvo una infancia feliz y acomodada lo que le dio una perspectiva diferente a la de sus contemporáneos con orígenes puramente académicos. Al cumplir tres años, su familia se trasladó a Holanda; él adoptó la nacionalidad holandesa y se crio en un ambiente de tradición protestante y costumbres holandesas.
Con la idea de obtener una formación que lo capacitara para hacerse cargo del negocio familiar, recibió una esmerada educación primaria y secundaria, y aunque no demostró ser un estudiante brillante, sí exhibió una gran facilidad para proyectar y confeccionar con sus propias manos todo tipo de artilugios mecánicos.
En 1862, con 17 años, se matriculó en la Escuela Técnica de Utrecht, alojándose en casa del Dr. Jan Willem Gunning, amigo de su padre y profesor de Química y Ciencias Médicas en la Universidad de Utrecht. Gunning fue quien alimentó la fascinación del joven Röntgen por las ciencias naturales y lo alentó a seguir con sus estudios.
Tras una serie de vicisitudes, pudo ingresar en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, lo que supuso un importante esfuerzo económico familiar y, al mismo tiempo, un cambio de país y de cultura. Allí comenzó sus estudios de Ingeniería Mecánica, un hito tan clave en la formación de Wilhelm como lo sería veinte años después para un jovencísimo Albert Einstein.
Durante ese periodo conoció a quien sería su esposa, Anna Bertha Ludwig, seis años mayor que él y de cuna humilde. Les separaban la edad y la diferencia de clase, cuestiones de gran importancia en la época. Sin embargo, Anna era alta, delgada, atractiva, encantadora y talentosa, y nada ni nadie pudo impedir el largo noviazgo de la pareja ni su posterior matrimonio en 1872. Ella sería el gran amor de su vida, y permanecerían juntos hasta la muerte de Anna en 1919.
Para superar los cursos del Politécnico, contó con el apoyo de un mentor, August Kundt, un joven brillante y maestro excepcional. Considerado uno de los físicos alemanes más importantes del siglo XIX, Kundt lo introdujo en el mundo de la física y lo influyó enormemente en su desarrollo científico. En aquella época, August Kundt fue nombrado director del departamento de Física, lo que permitió a Röntgen desarrollar su pasión por el diseño de ingenios y artilugios para la experimentación, centrándose en la observación de los efectos producidos por las ondas luminosas y sonoras, así como por los campos magnéticos.
En 1868, Röntgen obtuvo el diploma de Ingeniero Mecánico y, poco después, presentó su tesis doctoral, convirtiéndose en ayudante del profesor Kundt, con quien colaboró en la reorganización del laboratorio de Física Experimental. En 1870, siguió a Kundt cuando le ofrecieron la Cátedra de Física en la Universidad de Würzburg. Juntos trabajarían en investigaciones sobre las ondas sonoras que viajan a través de tubos.
En 1876, ya era profesor auxiliar en Estrasburgo y en 1879vfue nombrado profesor y director del Departamento de Física de la Universidad de Gießen, que había sido recientemente modernizado. Permanecería allí por espacio de nueve años, de 1879 a 1888, una etapa realmente productiva, fruto de un duro y tenaz trabajo de investigación.
Sin embargo, no era muy dado a las publicaciones científicas, pues le quitaban tiempo de su trabajo en el laboratorio. Esta indiferencia y falta de entusiasmo en la divulgación de sus hallazgos le ocasionaron críticas de algunos de sus colegas, que llegaron a calificarlo como falto de creatividad. Si bien es cierto que Röntgen siempre tuvo un limitado campo de investigación, en estos años llevaría a cabo descubrimientos muy significativos, como la convección dieléctrica o las denominadas corrientes de Röntgen, que tuvieron una amplia repercusión en su momento.
Meses después, le ofrecieron un puesto de profesor en la Universidad Julius Maximilian de Würzburg, y no solo aceptó, sino que asumió el cargo de director de su Instituto de Física. Tenía entonces 43 años y gozaba de una buena reputación como docente e investigador. En ese entorno de relativa independencia y con recursos adecuados, pudo dedicarse a las investigaciones que finalmente conducirían a su descubrimiento.
El descubrimiento de los rayos X
Por aquel tiempo, Wilhelm, ya con 50 años, estaba inmerso en una investigación sobre la producción de rayos catódicos. Años antes, el químico inglés William Crookes había comprobado que estos rayos eran corpúsculos cargados eléctricamente y animados con una gran velocidad, cuya trayectoria rectilínea se desviaba si se interponía un imán por efecto de su campo magnético.
Röntgen recubrió el tubo de Crookes con un cartón pintado de negro para evitar la luminosidad que se producía en sus paredes. Tras apagar las luces del laboratorio, conectó los dos extremos del tubo a un carrete de Ruhmkorff. Después de la descarga, se sorprendió al descubrir que simultáneamente se iluminaba un pequeño objeto sobre su mesa de trabajo. Investigó este efecto y comprobó que aquel objeto era una pequeña pantalla de cartulina fluorescente que había recubierto con cianuro platinado de bario. Evidentemente, el tubo estaba produciendo algo más que los rayos catódicos: también emitía unos rayos invisibles que atravesaban el recubrimiento de cartulina del tubo y se proyectaban sobre la pantalla.
En los días siguientes, Wilhelm comenzó a interponer diversos objetos entre el tubo y la placa, corroborando que la fluorescencia seguía produciéndose, aunque su intensidad variaba: cuanto mayor era la densidad del material interpuesto, menor era la fluorescencia. Además, observó que solo el plomo y el platino eran susceptibles de impedir el paso “de lo que fuera que fuese esa emanación”, en sus propias palabras. En algún momento, llegó a comprobar que, al interponer la mano frente al destello, se podía obtener una imagen de los huesos. Fue ahí que realizó la famosa fotografía de la mano de su esposa, la primera radiografía de la historia y una de las imágenes científicas más icónicas de la humanidad.

El 28 de diciembre, Röntgen envió la primera comunicación a la Sociedad Físico-Médica de Würzburg, titulada Sobre un nuevo tipo de Radiación. Como desconocía la naturaleza de los rayos, los denominó «rayos X».
Una serie de casualidades hizo que la noticia del descubrimiento llegara a la calle casi antes que a la comunidad científica. No obstante, a finales de enero ya aparecería en las revistas más prestigiosas del momento: Nature, L’Éclairage Électrique o Science.
La controversia se instaló en la clase médica, entre quienes desde sus inicios supieron ver la importancia del hallazgo y las posibilidades que ofrecía, frente a otros que mostraban dudas de que los rayos X pudieran aportar algo a la medicina. Pero nada de aquello fue un obstáculo para que las investigaciones se dispararan y, en un corto espacio de tiempo, se perfeccionara la metodología que Röntgen había seguido, hasta conseguir resultados cada vez mejores.
Tal fue el éxito y tan abrumador que, muy a su pesar, Röntgen se convirtió en una figura científica conocida por todos, y su fama llegó a un punto en que hasta el emperador Guillermo II lo llamó a su presencia para que realizara una demostración de su hallazgo.
La trascendencia pública del descubrimiento superó con creces su importancia científica, ya de por sí evidente. Se abrieron y se empezaron a desarrollar en poco tiempo múltiples aplicaciones prácticas en el mundo de la medicina y la ciencia. Además, el fenómeno había entrado de lleno en la cultura popular porque, y esto tenía su importancia a pie de calle, exponía al ojo humano algo que de forma natural siempre había estado oculto. Hasta que comenzaron los efectos perjudiciales de la exposición no controlada…

Publicidad de un modelo de gafas con “efecto de rayos X”.
Poco a poco se fue imponiendo la evidencia de las increíbles ventajas de utilizar de forma adecuada los rayos X en la exploración del sistema óseo (posibilidad de visualizar fracturas, localizar cuerpos extraños, etc.). De hecho, fue en los campos de batalla de la época donde la ciencia de los rayos X dio sus primeros pasos y se confirmó como una herramienta de primer orden en el diagnóstico de traumas.
En 1900, Röntgen aceptó la Cátedra de Física de la Universidad de Múnich, una de las más prestigiosas del mundo en ese momento, con la ilusión de poder poner en marcha el recién creado Instituto de Física, que le ofrecía todo lo que necesitaba para continuar con sus estudios. Allí contaría con la ayuda de, entre otros, un colega suizo, Ludwig Zehnder, que dedicaría gran parte de su tiempo a mejorar los tubos de vidrio con la finalidad de reducir drásticamente la exposición a la radiación del personal médico.
En 1901, se le concedió el primer Premio Nobel de Física («por el extraordinario servicio que ha prestado con su descubrimiento de los notables rayos que llevan su nombre»), donando la mayor parte del dinero del galardón a la Universidad de Würzburg para que fuese empleado en otras investigaciones científicas. Además, Röntgen se negó a patentar su descubrimiento, considerándolo un regalo para la humanidad. Esta decisión, motivada por su profundo sentido de la ética científica, aseguró que la tecnología estuviera disponible para todos sin restricciones comerciales. Pero, al mismo tiempo, este premio se convertiría en un verdadero quebradero de cabeza para Röntgen, en cuanto a reclamaciones sobre la autoría del descubrimiento de los rayos X.
En 1910, un colega de la Universidad de Múnich, Max von Laue, confirmó la naturaleza electromagnética de los rayos X, dando así un paso decisivo para desentrañar el comportamiento de este tipo de radiación. Con la Primera Guerra Mundial, se paralizó la investigación y gran parte de los ahorros de Wilhelm se volatilizaron. La salud de Anna Bertha se fue deteriorando y murió meses después. También murió su gran amigo, el biólogo Theodor Boveri, por lo que Röntgen se retiró de la docencia y, prácticamente, de la investigación, muriendo en 1923, víctima de un cáncer terminal de colon. Viudo y sin hijos, pero con el respeto y el cariño de todos.
Hoy reconocemos a Wilhelm Conrad Röntgen como el iniciador de una carrera imparable en el terreno del diagnóstico radiológico con el desarrollo de múltiples técnicas cada vez más precisas y menos perjudiciales (ecografías, TC, RM, resonancias por emisión de positrones, etc.).
Como ya se ha dicho, el hallazgo de los rayos X también tuvo su parte negativa: no fue hasta 1902 que empezaron a detectarse sus peligros, cuando el investigador A. Frieban observó la relación entre los rayos X y el cáncer de piel. Pero, como tantas veces ocurre en la ciencia, de un problema surgen nuevas oportunidades: si los rayos podían destruir los tejidos sanos, también podrían actuar sobre los tejidos enfermos. Este descubrimiento, sumado a los hallazgos realizados por los Curie, permitió la destrucción de numerosos tumores malignos resistentes a otros tipos de tratamientos. La radioterapia que usamos hoy en día con este fin tiene su fuente primera en aquellas fluorescencias que despertaron la curiosidad de Wilhelm Conrad Röntgen.

Röntgen en su laboratorio de Würzburg.
Referencias
Sutcliffe J, Duin N. Historia de la medicina. Ed. Blume.1993.
Rosenbusch G. Wilhem Conrad Röntgen: The Birth of Radiology. Springer Biographies. 2019.
Calvo Pérez E. Wilhem Conrad Röntgen: La luz que cambió el mundo, Ed Independently published. 2020.
Busch U. Wlihem Conrad Röntgen. El descubrimiento de los rayos x y la creación de una nueva profesión. Rev. Argentina de Radiologia. 2016.
Buzzi A. La demostración pública de Röntgen. Rev. Argentina de Radiologia. 2015
Moënne K. y Gonzalo Corral. Homenaje al padre de la radiología: W.C. Röntgen. Rev Chilena de Radiología. 2023.
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