El sabueso de la historia

Una historia peculiar de la medicina

Evolución del cuerpo de la mujer en la historia médica

¿Cómo ha sido la evolución del conocimiento del cuerpo de la mujer a lo largo de la historia de la medicina? La pregunta surgió leyendo una entrevista a la oncóloga Elizabeth Comen sobre su libro “No seas exagerada. Historia de cómo la medicina olvidó a las mujeres y por qué es importante arreglarlo”. Entre otras cuestiones, la autora comentaba que el impulso para escribirlo nació de la necesidad de desentrañar el legado de vergüenza e incomprensión a que se ha visto sometido el cuerpo femenino y de cómo ello ha influido  en la definición de nuestro sistema de salud, además de en la consulta médica diaria. ¿Qué quiere decir con ese legado de vergüenza?

Familia de esqueletos de Barclay (The Anatomy of the  bones of the Human Body. Edimburg, 1829.

En esta ilustración podemos observar la inscripción, incluso en las representaciones óseas, de los roles asignados a una mujer burguesa: un cráneo desproporcionadamente pequeño (aquella época consideraba que a menor tamaño menor inteligencia), caderas anchas  (manifestación del mandato procreativo, el rol femenino primordial) y una caja torácica exageradamente estrecha (muestra de su debilidad física y de su incapacidad para realizar esfuerzos o trabajos prolongados). Barclay además insistía en que el esqueleto de la mujer se parecía más al del niño que al del hombre.

Como vemos, incluso la iconografía nos ofrece sugerentes pistas de cómo el androcentrismo ha influido en la construcción del conocimiento médico en general y del conocimiento del cuerpo femenino en particular, incluso en aspectos tan tangibles y demostrables como la morfología del esqueleto humano.

Por androcentrismo entendemos la identificación y el análisis del conocimiento que nace de la mirada y la experiencia social masculina, especialmente la del hombre occidental, blanco, heterosexual y de clase media, que será el sujeto productor de conocimiento y también, por supuesto, el objeto de estudio preferido en cuanto definidor de los temas prioritarios para la investigación, la forma de abordarla e incluso en la valoración de sus resultados e interpretación.

El androcentrismo implica la identificación de lo masculino como lo normativo del ser humano, lo cual, como vemos, no es sino una forma sesgada de interpretar las diferencias anatómicas, pero que se hace extensible a todos los niveles, no solo de organización corporal sino incluso psicológica, una concepción y naturalización del género masculino como dominante y superior frente al femenino subordinado, inferior y complementario al del hombre.

Este paradigma encontró un terreno abonado en el ámbito médico, ya que su conocimiento fue desarrollado casi exclusivamente por hombres, al serles negado a las mujeres el acceso a la formación, práctica e investigación. Esta visión podemos observarla en diversas áreas y a lo largo de los siglos.

Androcentrismo en la anatomía.

Esta exclusión femenina de la medicina hasta bien entrado el siglo XIX ha hecho que la pelvis femenina haya ido recibiendo, como si de una colonización se tratase, los nombres de sus descubridores, en vez del uso de nombres descriptivos, más útiles y educativos. Por ejemplo, se habla de fondo de saco de Douglas en vez de fondo de saco recto-vaginal; de las glándulas de Bartolino, en vez de las glándulas vestibulares mayores. En esta invasión de nombres masculinos han tenido cabida incluso los nombres de dioses clásicos, como Himeneo (dios de las ceremonias de matrimonio) en la raíz de la palabra hímen. O, por razones de otra índole, el caso del clítoris, derivado de la de la palabra griega kleitoris, cuya acepción más aceptada es la significar llave o cerrojo de la puerta del placer, porque el placer femenino había que ocultarlo, encerrarlo bajo llave.

Estas denominaciones, en principio neutras, en realidad no solo denotan el prejuicio sexista presente en la base de nuestro conocimiento médico, sino que también tienden a perpetuar esta situación, ya que se ha comprobado que la manera en que se describe algo cambia nuestra percepción sobre ello.

El androcentrismo también se aprecia en algunos términos peyorativos en referencia a problemas que tienen o que presentan las mujeres como un cérvix incompetente en vez de hablar de insuficiencia cervical o el término de huevo huero en relación al embarazo o gestación anembrionada.

Aristóteles, que se puede considerar el precursor de la anatomía y de la biología, describe el cuerpo femenino como inacabado, como el de un niño carente de semen, como el de un hombre estéril e, incluso, desde una visión absolutamente negativa postula que las hembras son por naturaleza más débiles y frías, por lo que hay que considerar su naturaleza como un defecto natural. Este pensamiento encontraría amplio eco a lo largo de los siglos y contribuirían en gran medida a la construcción social arquetípica del cuerpo de la mujer, con males, locuras y fragilidades como parte intrínseca de su naturaleza.

Quizás una excepción fue Sorano de Éfeso, destacado médico griego del siglo II e.c. y uno de los más influyentes de la antigüedad, que escribió una obra titulada Sobre las enfermedades de las mujeres, un tratado exhaustivo que cubría una amplia gama de temas relacionados con la salud femenina y que rechazaba la idea imperante del útero errante. Su legado es inmenso y sus escritos proporcionaron una base para la medicina ginecológica y obstétrica que perduró hasta el Renacimiento.

Pero las excepciones eran pocas, abundaban médicos como Galeno de Pérgamo, también cirujano y filósofo griego, que vivió en el siglo segundo e.c. y se convertiría en la figura más influyente de la medicina en la antigüedad después de Hipócrates. Sus teorías dominarían la práctica médica en Europa durante más de 1.300 años, pero concebía el cuerpo de la mujer como imperfecto y más frío.

En el Renacimiento se produjo un mejor entendimiento del cuerpo humano y aumentó el interés por la anatomía general. Nuevos estudios complementaron el conocimiento del cuerpo femenino, entre ellos destaca el médico Johannes von Kirchheim, alemán del siglo XV que en su obra Fasciculus Medicinae mostraba una serie de ilustraciones anatómicas detalladas que incluían los órganos genitales internos femeninos y que fueron revolucionarias en su tiempo. 

En estas breves referencias no podía faltar el gran Andrea Vesalio, médico y anatomista flamenco del siglo XVI, que en su obra capital “De humani corporis fabrica libri septem” cambió las bases del conocimiento anatómico al incluir la observación directa a través de la disección de cuerpos humanos, corrigiendo errores que se arrastraban desde Galeno y realizando magníficas ilustraciones de los órganos genitales internos femeninos.

Por supuesto también hay que destacar las aportaciones de Bartolomé Eustaquio, anatomista y médico italiano, contemporáneo de Vesalio y considerado uno de los fundadores de la anatomía humana moderna, quien entre otros estudios llevó a cabo una detallada disección del tracto genital femenino, haciendo especial hincapié en su vascularización.

Creo interesante repasar el desarrollo de los conocimientos anatómicos del útero porque son muy demostrativos de la evolución y enriquecimiento de este saber. Se pasó de la creencia de que su cavidad estaba dividida a su vez en siete cavidades (tres derechas para los embriones masculinos, tres izquierdas para los femeninos y una central para los hermafroditas). Las cavidades derechas, al estar más cercanas al hígado (órgano caliente), producían seres humanos (masculinos) de mayor calidad.

Posteriormente, Jacobo Berengario de Carpi, médico y anatomista italiano del Renacimiento, cuestionó la anatomía de Galeno, basándose en las disecciones de cuerpos humanos y en su propia experiencia, siendo el primero en publicar la ilustración de una mujer embarazada con el útero abierto. De todos modos cometió algunos errores, como considerar que la cavidad uterina estaba dividida en dos y, como ya sabemos, la derecha para los embriones masculinos y la izquierda para los femeninos.  Sería, por fin, Leonardo da Vinci el primero en dibujar correctamente el útero con una sola cavidad.

Otro concepto sobre el útero que merece un capítulo aparte es la vieja teoría del utero errante. Desde los estudios hipocráticos se consideraba que el útero era un órgano móvil con capacidad de desplazarse por diversas partes del cuerpo y de unirse a otros órganos, como el corazón, el hígado o el cerebro: una simpática aunque del todo errónea idea que persistiría durante siglos y tendría importantes repercusiones para muchas mujeres debido a los tratamientos, algunos cruentos, que se solían usar para fijarlo, al considerarse que dicho deambular era el origen de diversos trastornos dolorosos y psicológicos, tales como la histeria. De igual modo subsistía la idea de que el movimiento era producido por la sequedad que producía la falta de relaciones sexuales, lo que hacía que el útero se sintiese atraído como un imán por los órganos más húmedos, por lo cual se impelía a las mujeres a mantener relaciones con asiduidad. Por otro lado, al ser un órgano móvil e inestable y, sin embargo, considerado el centro del cuerpo femenino, se proyectaba la idea de que las mujeres, por ende, eran inestables y de naturaleza enfermiza y débil, necesitadas por ello de un control proteccionista.

Mi útero errante: relatos de viajes siendo mujer

El androcentrismo en la visión de la fisiología femenina.

La idea de lo femenino relacionado indefectiblemente con la reproducción estuvo sólidamente anclada en la medicina desde la antigüedad y perdurará hasta finales del siglo XX, concibiendo los procesos biológicos femeninos como inferiores y supeditados a los masculinos. Es por ello que surgen narraciones entusiastas de la producción del semen como ejemplo de capacidad creadora, frente a los procesos femeninos de la menstruación y la ovulación como procesos de dependencia y pasividad: el óvulo espera pasivamente la llegada de los espermatozoides, de los conquistadores. Este concepto no fue superado sino gracias a las investigaciones de los años ochenta del pasado siglo.

Es interesante también seguir la visión del concepto de menstruación a lo largo del devenir médico. A este respecto los hipocráticos pensaban que la naturaleza más húmeda y porosa de la estructura corporal de la mujer provocaba una mayor absorción de sangre y humores por el estómago, humores que la menstruación eliminaba a modo de purga. De nuevo, si una mujer no menstruaba o el flujo se consideraba insuficiente, podría originarse un desequilibrio de los humores que podían llegar a generar enfermedades como la histeria, la melancolía o la esterilidad.

Aristóteles concebía el flujo menstrual como la materia prima para la formación de un nuevo ser: el hombre aportaba la forma o principio vital a través del semen y la mujer proveía la materia a través de la sangre menstrual. Esto hacía que la mujer fuera considerada como un ser incompleto y el resultado de una deficiencia natural.

Con el tiempo se fueron incorporando otras interpretaciones teóricas, como la referente a que la menstruación era un residuo peligroso, o líquido venenoso, con efectos malignos tanto para la mujer como para los que la rodeaban. Asimismo persistían ideas como la de que si se tenían relaciones sexuales durante la menstruación podrían incentivarse determinadas enfermedades en el varón, o que si se concebían hijos de tales relaciones padecerían enfermedades como la lepra, la varicela o el sarampión.

En cuanto a la visión de la menopausia, lejos de contemplar esa madurez de la mujer con un sesgo mínimamente idealizado, de ser consideradas como mujeres sabias por su acumulación de experiencias vitales, se las volvía a despreciar y a confinar tras figuraciones de carácter absolutamente negativo: una mujer menopáusica podía, con una sola mirada, inocular veneno a los recién nacidos por los malos humores que causaba la retención del flujo menstrual. Al dejar de ser útiles para la reproducción se les concedía poca importancia y, por supuesto, el proceso fisiológico en el que estaban inmersas no era, en absoluto, digno de ser estudiado. Actualmente tenemos problemas justo por lo contrario: la hipermedicación en una etapa normal del proceso vital humano.

El androcentrismo en las enfermedades mentales en la mujer.

Desde los tiempos hipocráticos se mantiene el relato de lo femenino relacionado con lo patológico y en estrecha relación con el útero, órgano central de su anatomía.

El ejemplo más paradigmático lo tenemos en la histeria, término con el que se hacía referencia a un amplio abanico de síntomas físicos (convulsiones, desmayos, parálisis) y emocionales (trastornos de personalidad, ansiedad extrema…) sin una causa orgánica aparente, salvo el vagabundeo del útero dentro del cuerpo de la mujer. Así, durante la Edad Media muchas mujeres con problemas que se etiquetaban de histéricos, eran acusadas de brujería (el diablo había penetrado en su cuerpo) y acababan en la hoguera. En el siglo XIX hubo médicos que estudiaron la histeria, como Charcot, que la consideraba una enfermedad neurológica, o Freud, que la consideraba una neurosis causada por conflictos psicológicos inconscientes, muchos relacionados con traumas o deseos sexuales reprimidos. Este término se ha abandonado en la actualidad, en aras de un diagnóstico más preciso, probablemente relacionado con trastornos de conversión, de disociación o de ansiedad.

La idea de introducir este relato en el blog no nace de un espíritu revanchista, sino del deseo de aumentar nuestra conciencia en torno a lo que fue el discurso médico dominante a lo largo del tiempo, convertido en el arma más poderosa para legitimar prejuicios sociales tendentes a demostrar o justificar la debilidad e inferioridad de la mujer, considerándola como un hombre imperfecto y defectuoso, recriminándoles en base a una serie de ideas despreciativas con las que se definían los procesos normales que correspondían a su naturaleza, como la menstruación (considerada como una enfermedad); el aborto, parto y pos-parto y la crianza (como su función principal y casi exclusiva); la menopausia (como un periodo estéril) y la sexualidad y el goce femenino (como una pulsión que había que controlar, a veces de forma expeditiva y quirúrgica).

Solo la luz del saber puede romper el ciclo de repetición de errores, de los caminos que no debemos volver a transitar, de forjar un futuro libre de desatinos..

Referencias

Lean Kaminsky: Los hombres inmortalizados en la pelvis de la mujer. BBC Future. 2018.

A. Forgas Roca.Las ilustraciones del cuerpo femenino en el Tratado de Ginecología de Miguel (1910). Rev. Dynamis. 2013.

Ortiz T. El papel del género en la construcción histórica del conocimiento científico sobre la mujer. En: Elvira Ramos. La salud de las mujeres: hacia la igualdad de género en salud, Instituto de la mujer. 2002.

Charlotte Perkins Gilman. Un mundo hecho por el hombre o nuestra cultura androcéntrica. (1911). Ed. CIS. 2023.

Garcia Dauder y Perez Sedeño. Las “mentiras” científicas sobre las mujeres.. Madrid: Catarata. 2017.

Elizabeth Comen. No seas exagerada. Temas de hoy. 2025.

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