
Osteocondroma intra-raquídeo en una vértebra hallada en 1979 en uno de los yacimientos en Nalda (La Rioja)- Datada en 2000 años a.e.c.
El cáncer es una enfermedad que ha marcado profundamente la vida de la población mundial. Desde finales del siglo XX, se ha consolidado como un problema social de primera magnitud, ganando una mayor visibilidad, especialmente de forma paralela a la disminución de los procesos infecciosos.
Sin embargo, el cáncer es también una de las enfermedades más antiguas de la humanidad. Su concepción ha evolucionado radicalmente: de ser un misterio temido, se ha convertido en un complejo desafío científico. En efecto, la historia del conocimiento oncológico es un reflejo de la evolución de la ciencia, una travesía marcada por hitos cruciales en la medicina, la biología y la tecnología. Hemos pasado de explicaciones místicas y rudimentarias a un profundo entendimiento molecular y genético de la enfermedad.
Primeros Registros
Se han hallado indicios de probables tumores malignos en restos humanos de gran antigüedad. Un ejemplo es el tumor óseo encontrado en una mandíbula de África oriental (Pleistoceno, 160.000 a 100.000 a. e. c.). Más recientemente, en 2014, se descubrieron en el norte de Sudán restos fósiles humanos de 3200 años de antigüedad que presentaban claros signos de metástasis, particularmente evidentes en la escápula.
Los papiros egipcios contienen algunos de los primeros registros compatibles con casos de cáncer. El Papiro de Edwin Smith (c. 1600 a. e. c.) describe ocho casos de tumores o úlceras mamarias. Aunque revelan una incomprensión de la causa de estas dolencias y señalaban la ausencia de un tratamiento eficaz, sí mencionan que algunas lesiones eran extirpadas utilizando el cauterio.
El posterior Papiro de George Ebers (c. 1500 a. e. c.) ofrece una descripción más detallada de las lesiones tumorales, con referencias a órganos afectados como la piel, el estómago, el útero, el ano y la tiroides, además de incluir relatos de extirpaciones quirúrgicas. No obstante, es importante señalar que el diagnóstico retrospectivo de estas descripciones siempre exige una gran cautela en su interpretación.
Adicionalmente, se ha documentado el hallazgo de restos óseos afectados por sarcoma osteogénico en el antiguo Egipto, datados en el periodo de la Dinastía V, así como un caso de tumor de mama. También son relevantes los descubrimientos de enfermedad maligna en las momias prehispánicas de México y Perú, notablemente bien conservadas.
Periodos Históricos y el Cáncer
La primera referencia histórica de un tumor se remonta a la época griega, cuando Heródoto (c. 484-420/25 a. C.) describió el cáncer de mama que padecía Atosa, esposa de Darío I. Fue Hipócrates (c. 460-370 a. C.) quien acuñó el término carcinoma, del griego karkinos (cangrejo), para describir los tumores. Lo llamó así porque las venas hinchadas que se extendían en todas direcciones desde la mama, se asemejaban a las patas de un cangrejo.
La creencia predominante en esta época era la teoría hipocrática de los cuatro humores, la cual sostenía que el cáncer era causado por un exceso de bilis negra. Por ello, los tratamientos, como la sangría, las purgas y las dietas especiales, estaban dirigidos a eliminar dicho exceso. Más tarde, el médico Galeno de Pérgamo popularizó esta concepción humoral y recomendó el cauterio y la cirugía para los crecimientos tumorales, a los que denominó oncos (hinchazón). Este término daría lugar, a mediados del siglo XIX, a la palabra oncología o estudio de los tumores.

Recreación de la cauterización con llama viva de un tumor en pared abdominal. Imagen generada con IA.
Durante la Edad Media, en general, el conocimiento sobre el cáncer apenas avanzó en Europa. Fue un periodo dominado por las creencias sobrenaturales, la religión y la idea del castigo divino. Las disecciones anatómicas eran muy limitadas, lo que impedía un estudio detallado de la enfermedad. Además, por influencia del cristianismo, se produjo un distanciamiento del naturalismo científico griego, considerado pagano y opuesto a la omnipotencia divina. Esto llevó a una pérdida de conocimientos médicos, agravada por la desvalorización del cuerpo y una visión milagrosa de la sanación.
Sin embargo, existieron importantes salvedades, destacando la medicina árabe oriental y la de al-Ándalus, que asimilaron la medicina griega y, siguiendo la teoría de los humores, propusieron el tratamiento quirúrgico además de la cauterización y la sangría. El gran médico persa Rhazes, siguiendo y mejorando los textos hipocráticos y de Galeno, insistió en el uso del cauterio y la cirugía, aunque reconoció la frecuente y, a menudo, mortal recidiva posterior del tumor. Es notable que los árabes usan una sola palabra, Saratán, para designar tanto al cangrejo como al cáncer, de donde deriva el vocablo castellano Zaratán. Este término se hizo sinónimo popular de cáncer en la España renacentista, aunque más tarde se restringiría al cáncer de mama.
Por otro lado, la creación de las primeras universidades y escuelas de medicina (como las de Montpellier, Padua, Bolonia, París y Oxford) supuso un gran avance en la investigación y formación médicas. Destaca la Escuela de Salerno, donde cirujanos como Guy de Chauliac y Rogerio de Salerno escribieron tratados de cirugía que incluían una amplia descripción de los tumores y su tratamiento, diferenciándolos según el tipo.
El Renacimiento trajo consigo un resurgimiento del interés por la anatomía, impulsado notablemente por la obra de Andrés Vesalio, De Humani Corporis Fabrica. Un mejor conocimiento de las estructuras anatómicas permitió que comenzaran a realizarse las primeras cirugías para extirpar tumores.
Sin embargo, el avance quirúrgico se vio severamente limitado por la falta de anestesia y el elevadísimo riesgo de infección, lo que resultaba en altas tasas de mortalidad. Para mitigar el dolor operatorio, se recurría al uso de sustancias como la mandrágora y el beleño egipcio, que contenían alcaloides como la escopolamina y la atropina, logrando una ligera disminución del sufrimiento. Hasta mediados del siglo XIX, la extirpación de tumores se realizaba con técnicas rudimentarias y restringido principalmente a los cánceres más accesibles, como los de labios, piel y mama. Las extirpaciones incompletas eran frecuentes.
En paralelo, persistían con fuerza los tratamientos basados en la antigua teoría humoral. Se seguían empleando purgantes, sangrías y dietas, además del uso de agentes cáusticos y corrosivos, como el arsénico. La causa del cáncer seguía siendo un misterio, lo que impedía un enfoque más claro y localista de la enfermedad.
Un avance crucial para la comprensión de la enfermedad fue la descripción del sistema linfático en relación con el cáncer. Este conocimiento se formalizó en 1628 con la publicación póstuma de la obra de Gaspar Aselli.
Siglo XIX: La Visión Celular y el Nacimiento de la Oncología Moderna
El perfeccionamiento del microscopio en el siglo XIX fue crucial para cambiar la comprensión del cáncer al permitir a los científicos adentrarse en el mundo celular. El cambio conceptual inicial provino de la medicina anátomo-clínica, con figuras como Bichat y René Laennec. Ellos promovieron una visión localista del cáncer (centrada en órganos y tejidos), logrando separarlo de otras dolencias con las que se confundía, como las inflamaciones y los procesos degenerativos. En ese momento, también se promovió el tratamiento con plantas medicinales como la belladona o el opio.
Sin embargo, la transformación más relevante ocurrió con la aplicación de la teoría celular a la patología por parte de Rudolf Virchow, una de las grandes figuras de la historia médica. En su célebre obra Die Cellularpathologie de 1858, Virchow postuló que el cáncer es una enfermedad de las células y no de los humores. Su máxima, Omni cellula e cellula («Toda célula proviene de otra célula»), acabó con las viejas teorías de la generación espontánea y sentó las bases para el estudio anatomopatológico de los tumores. El cáncer se comenzó a comprender como una masa de células anormales que se dividen sin control.
Esta nueva visión celular impulsó el desarrollo de técnicas de detección y, lo que es más importante, el auge de la cirugía. El descubrimiento de la anestesia (por Morton y Simpson) y la antisepsia (por Lister), y posteriormente la asepsia, permitió extirpar lesiones malignas con una seguridad antes impensable. Además, se crearon nuevas instituciones asistenciales que proporcionaron el espacio apropiado para esta cirugía avanzada, se reglamentó la especialidad quirúrgica y, poco a poco, se superó el rechazo de los hospitales a los pacientes con cáncer por el temor al contagio.
Un paso clave, anterior a la patología celular pero fundamental para la prevención, fue el dado por Sir Percival Pott en 1775. Él fue el primero en identificar un factor de riesgo ambiental para el cáncer, al asociar el cáncer de escroto con la exposición al hollín en los deshollinadores. Este hallazgo marcó el verdadero inicio de la epidemiología del cáncer.

Maestros deshollinadores con niños aprendices en la época victoriana. Los niños se utilizaron por su menor tamaño corporal y eran reclutados en orfanatos o entre los abandonados en las calles de Londres.
El siglo XIX marcó también el inicio de la era de los grandes cirujanos especialistas en este nuevo campo. Algunos alcanzaron gran renombre, como Theodore Billroth, uno de los iniciadores de las intervenciones mayores intraabdominales. Hasta entonces, la cavidad abdominal estaba prácticamente vetada a la cirugía debido a su peligrosidad y alta mortalidad para el paciente. También destaca Emil Theodor Kocher, una figura fundamental en la historia de la cirugía tiroidea, quien recibió el Premio Nobel de Medicina en 1909.
No podemos dejar de nombrar a William Stewart Halsted, pionero en el uso de guantes de goma y el impulsor de la mastectomía radical en la década de 1890. A pesar de ser un procedimiento agresivo, con pésimos resultados estéticos y funcionales, a menudo resultaba exitoso para el tratamiento del cáncer de mama, especialmente en una época con pocas alternativas. Esta intervención se mantuvo como el estándar de oro hasta la década de 1970, cuando comenzaron a desarrollarse técnicas quirúrgicas cada vez menos invasivas.
Siglo XX y XXI: La Revolución del Tratamiento y la Medicina de Precisión
El inicio del siglo XX marcó una era de nuevos tratamientos y de avances tecnológicos. Los descubrimientos de los rayos X por Röntgen y del radio por Marie y Pierre Curie abrieron la puerta a la radioterapia. Los primeros tratamientos se aplicaron en 1903, y la técnica ganó gran protagonismo, llevando a la creación del primer instituto de radioterapia en París en 1906, y posteriormente en la mayoría de las capitales europeas. Desde entonces, la radioterapia se ha desarrollado enormemente, con técnicas más efectivas y con menos efectos adversos (como la braquiterapia y el uso de sustancias radiactivas, como el yodo-131 para el cáncer de tiroides).
Comenzó también una vertiginosa carrera en los avances tecnológicos para el diagnóstico, como el TAC, el PET-Scan y la ecografía. La introducción de estas tecnologías impulsó la creación de nuevas especialidades y transformó la organización hospitalaria y la comprensión de la enfermedad.
La quimioterapia se inspiró inicialmente en los efectos tóxicos del gas mostaza durante la Primera Guerra Mundial. Los primeros agentes quimioterápicos se descubrieron en la década de 1940, destacando el uso de los antifolatos por Sidney Faber en el tratamiento de la leucemia aguda infantil, logrando la primera remisión temporal en lo que antes era una enfermedad mortal. Este hecho transformó el tratamiento de las enfermedades oncológicas sistémicas. Posteriormente, se desarrollaron múltiples medicamentos, como los alcaloides de la vinca, las antraciclinas, los medicamentos basados en platino y los inhibidores del factor de crecimiento tumoral, entre otros.
Otros avances incluyen:
- El desarrollo de la hormonoterapia en tumores sensibles, como el de mama, que reemplazó a la castración quirúrgica de mediados del siglo XX.
- El uso de terapias biológicas y proteínas inmunes, como los anticuerpos monoclonales humanizados y el interferón.
A nivel epidemiológico también hubo grandes avances. A mediados del siglo XX, grandes estudios confirmaron la fuerte conexión entre el tabaquismo y el cáncer de pulmón, lo que impulsó los esfuerzos de prevención y concienciación y ha salvado innumerables vidas.
Al mismo tiempo, continuaron creciendo y proliferando instituciones clave como la Sociedad Americana contra el Cáncer y el Instituto Nacional del Cáncer, que impulsan la investigación, la financiación y la colaboración científica a gran escala.
Actualmente, el campo de investigación contra el cáncer es vasto, abarcando:
- Medicina de precisión y técnicas de biología molecular.
- El descubrimiento de oncogenes y genes supresores de tumores.
- La inmunoterapia, que utiliza el propio sistema inmunitario del paciente para combatir el cáncer.
- El desarrollo de la biopsia líquida (que detecta ADN tumoral circulante en la sangre) y técnicas de secuenciación de última generación para el diagnóstico genómico, permitiendo un diagnóstico más precoz y un tratamiento más personalizado.
Conclusiones
La historia del cáncer es una narrativa de perseverancia científica que ha evolucionado desde las creencias arcaicas hasta la complejidad de la era genómica. Hoy, el cáncer se entiende como una familia de más de 200 enfermedades, cada una con su propio perfil molecular. El enfoque del tratamiento es cada vez más multidisciplinar, personalizado y combina la cirugía, la quimioterapia y la radioterapia con las terapias más recientes.
Es fundamental recordar que la lucha contra el cáncer no es solo un problema médico, sino también un relevante desafío social, político y económico. A pesar de la disminución de la mortalidad en muchos tipos de cáncer, que se han convertido en procesos crónicos, el cáncer sigue siendo la principal causa de muerte en muchos países. El futuro es optimista gracias a la investigación, la prevención, la detección temprana, y el uso de tecnologías avanzadas como la nanotecnología y la inteligencia artificial.

Linfocitos atacando una célula cancerosas mediante la Terapia CAR-T, un tipo de inmunoterapia personalizada que combina terapia celular, inmunoterapia y terapia génica.
Referencias
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