El sabueso de la historia

Una historia peculiar de la medicina

El fenómeno histórico del charlatanismo médico

El fenómeno histórico del charlatanismo médico.

La historia de la medicina es una narrativa dual. Por un lado, es un camino arduo de progreso y retroceso, marcado por la observación rigurosa, la experimentación científica y el desarrollo de la ética profesional. Por otro, existe una sombra persistente de engaño, fraude y falsas promesas a lo largo de los siglos.

Este contraste se manifiesta claramente en la figura del charlatán médico: hombres que prometían la curación empírica o mediante el poder de la palabra. El término ‘charlatán’ proviene del italiano «ciarlatano», que significaba ‘embaucador’. Su origen parece situarse en la Edad Media, cuando los barberos ejercían como cirujanos y practicaban operaciones quirúrgicas itinerantes, vendiendo también ungüentos y otras preparaciones de fabricación propia. Generalmente eran ambulantes y promocionaban sus servicios de forma ostentosa, hasta que se establecían en una comunidad. Para autopublicitarse y pregonar la efectividad de sus remedios e intervenciones, empleaban medios francamente ilícitos, como comprar testigos, falsificar documentos y fingir ser aristócratas de nombre rimbombante, proclamando haber descubierto la receta secreta de una pócima de propiedades milagrosas.

Los charlatanes no han sido una mera anécdota, sino incómodos compañeros de la medicina legítima desde la antigüedad hasta nuestros días. Eran conocidos en la antigua Grecia como agirtae. Su arraigo ha sido perdurable, como observamos hoy día y se hizo evidente durante la reciente pandemia de la COVID-19, con la promoción de terapias sin respaldo científico o directamente peligrosas (ingesta de lejía, uso indiscriminado de vitaminas con riesgo de acumulación, etc.). El auge actual de los planteamientos pseudocientíficos, e incluso milagrosos, permite afirmar que la esencia del charlatanismo persiste, aunque haya mutado y se haya revestido de mayor sofisticación.

Si bien el término ‘charlatán’ evoca la imagen típica del vendedor ambulante, elocuente y teatral, que se adjudicaba títulos pomposos como «médico–astrólogo–filósofo», y utilizaba una parafernalia que mezclaba una caricatura del saber científico con misticismo y sabiduría tradicional para pregonar sus supuestas panaceas en las plazas públicas, en otros casos la frontera con la medicina oficial era más tenue. Estas fronteras fueron, con frecuencia, porosas: hubo charlatanes, un grupo muy heterogéneo, que actuaron de forma coherente y con buenas intenciones, llegando incluso a contribuir indirectamente al avance de la ciencia y a la consolidación de la profesión médica. Esto último, al intentar trazar una línea divisoria clara con la charlatanería mediante la formación reglada, la ética y el método científico.

Por otro lado, algunos médicos con titulación oficial, muchos anclados de forma inflexible en una tradición hipocrática adulterada, podían causar más daño que beneficio, como el uso indiscriminado de la sangría, una técnica que debilitaba a los pacientes e incluso podía matarlos.

La situación cambió a partir de 1865 con la cirugía antiséptica de Lister, que marcó el inicio de una nueva era en la medicina y supuso un verdadero avance en las terapias médicas. Desde entonces, aunque de forma imperfecta y con altibajos, ese progreso no ha cesado. Como afirma David Wootton en su libro Matasanos: «durante 2400 años, hemos creído que los médicos nos hacían bien; durante 2300 años estuvimos equivocados».

¿Dónde radicaba (y radica) el éxito de los charlatanes y su negocio? Indudablemente, en su gran habilidad para explotar la desesperación de la gente ante la ausencia de remedios eficaces y las sucesivas catástrofes, como las epidemias de peste; en la falta de conocimiento y de criterios claros de la población para diferenciar entre la práctica médica genuina y el fraude; y en la eterna esperanza de una cura rápida y definitiva. El fraude no solo afectaba a la plebe, sino también a personajes ilustres e incluso a reyes, de quienes se esperaría una mayor preparación intelectual.

Aunque, como se ha mencionado, los charlatanes existieron siempre, su época de máximo esplendor fue entre los siglos XVI y XVIII, especialmente durante la Ilustración, un momento de transición de la medicina académica, anclada en teorías antiguas, a la medicina moderna. Fue en este periodo histórico, que para los charlatanes duraría más de 150 años, cuando muchos de estos falsos sanadores alcanzaron fama, autoridad y, por supuesto, grandes fortunas.

En un momento en que se luchaba por establecer un proceder más científico y unificado, se generó un vasto vacío. Los intersticios a donde la medicina oficial no llegaba fueron llenados por los charlatanes con su mezcla de florida retórica y supuestas medicinas secretas. Ejemplos ilustrativos fueron el uso del llamado «oro potable», una supuesta medicina universal capaz de curar más de 30 enfermedades, cuyo uso se prolongaría hasta hace pocas décadas, o el Orvietan, un famoso elixir o remedio herbolario que se presentaba como panacea y estaba envuelto en propiedades milagrosas.

Los Profetas de la Orina y los Remedios Universales

Algunas de estas prácticas se remontan a la Edad Media e incluso a épocas anteriores. Tuvieron numerosos seguidores, y conocemos a algunos de ellos por sus fechorías, la fama que alcanzaron en todos los estratos de la sociedad o por los conflictos que generaron.

La técnica de la uroscopia o examen de la orina se basaba en el análisis de su color, sedimentos, olor e incluso, en ocasiones, sabor. Existían cartas de colores o «ruedas de orina» para ayudar en el diagnóstico.

Theodor Myersbach (“El profeta de la orina”)

Fue un humilde empleado bávaro de Correos que se trasladó a Londres y comenzó a estudiar la orina. Consiguió el título de médico en Erfurt y estableció un consultorio en Hatton Garden en la década de 1770, alcanzando gran popularidad y riqueza. Vestía como un aristócrata y poseía un carruaje de caballos. Se dice que en el momento cumbre llegó a tratar a 200 pacientes al día, muchos de ellos miembros de la nobleza y la aristocracia.

Realizaba el examen de la orina de forma pomposa y teatral, sorprendiendo a sus pacientes con la declaración de datos de su historial médico que supuestamente no tenía por qué conocer. El truco consistía en que, en la sala de espera, sus sirvientes entablaban una conversación aparentemente casual con los clientes y, tras sonsacarles los datos adecuados, informaban a Myersbach.

Recreación de un médico del siglo XVIII, examinando la orina y sosteniendo la rueda de colores.

John Moore (“El médico de los gusanos”) – Teoría de la vermiasis universal

Alcanzó gran autoridad en el Londres de principios del siglo XVIII. Conocido también como el «célebre doctor del polvo para gusanos», no era un médico tradicional, sino un boticario y minorista de medicinas que dispensaba en su tienda. Su fama se cimentaba en una combinación de mercadotecnia inteligente y agresiva y un exhibicionismo espectacular. Se basaba fundamentalmente en la teoría, muy acorde con los temores de la época, de la existencia de unas misteriosas y malignas formas de vida parasitaria que eran la causa subyacente de prácticamente todas las enfermedades. Convirtió el tratamiento de las infecciones por gusanos intestinales, que eran muy frecuentes, en un espectáculo público y en fuente de una inmensa fortuna personal.

Joshua “Spot” Ward y sus pastillas curalotodo

Fue un médico y físico inglés, considerado uno de los curanderos más notables del siglo XVIII. Su remedio más famoso fueron las «píldoras y gotas Ward». Se cree que las fabricaba a base de antimonio, que es un vomitivo, entre otros ingredientes, algunos de los cuales podían ser venenosos. Producían una sudoración profusa y rápida en el paciente y otros síntomas, supuestamente para que el cuerpo se librara de las sustancias tóxicas que originaban la enfermedad. Afirmaba que su producto podía curar una amplia gama de dolencias, desde la gota y el escorbuto hasta la sífilis y el cáncer.

A pesar de las múltiples críticas de la comunidad médica, que decían que sus remedios mataban tanto como curaban, tuvo muchos pacientes adinerados e incluso se ganó el favor del rey Jorge II al corregirle una luxación de pulgar. También inventó el llamado “Bálsamo del fraile”, elaborado a base de resinas de benjuí, aceites, aloe y alcanfor disueltos en alcohol. Aún se sigue utilizando como expectorante en forma de inhalaciones en algunos productos y para tratar problemas cutáneos como heridas y úlceras, dado que el benjuí es capaz de formar una película protectora sobre la piel. También es conocido por ser la primera persona en fabricar ácido sulfúrico a gran escala en Inglaterra, así como por su generosidad con los pobres, para quienes fundó algunos hospitales. Las pastillas Ward fueron específicamente excluidas del Acta de Farmacéuticos de 1748.

Joanna Stephen

Inventora inglesa de una medicina para curar las piedras de la vejiga y de la vesícula biliar. Tras probar su eficacia, anunció la venta de la fórmula por 500 libras esterlinas. Una comisión parlamentaria recomendó pagarle la cantidad restante, después de que no se alcanzara la elevada cifra mediante una suscripción pública, utilizando fondos públicos. Sus componentes incluían cáscara de huevo, caracolas, hierbas y jabón. Con todo, las investigaciones inspiradas en su trabajo pueden considerarse una de las bases que contribuyeron al desarrollo de la bioquímica moderna.

Como se mencionó antes, también hubo charlatanes que, a pesar de su exhibicionismo, pueden considerarse sanadores hábiles y sin intereses espurios.

Gustavo Katterfelto

Fue un mago prusiano que viajaba de forma pomposa, acompañado de sirvientes negros que tocaban ruidosamente grandes trompetas y distribuían carteles publicitarios con su famosa frase de “¡maravillas!, ¡maravillas!, ¡maravillas!”. Además, iba acompañado de dos gatos negros parlantes. Con este atuendo se presentó en Londres como sanador de la gripe que afectó de forma epidémica a la ciudad en 1782. Alcanzó gran fama cuando utilizó un microscopio solar para observar lo que afirmaba eran los insectos causantes de la enfermedad, y que «eran tan grandes como pájaros». Su notoriedad llegó a tal punto que su apellido, Katterfelto, se convirtió en sinónimo de ‘charlatán’ en la lengua inglesa.

Doctor Smith (“el charlatán bailador”)

Viajaba en un carruaje amarillo con el escudo argento laborat faber («Smith trabaja por dinero»). Al menos era sincero.

Sally la loca Mapp

Fue una apasionante, controvertida y muy conocida curandera de la Inglaterra de principios del siglo XVIII. Trabajó sobre todo en Londres y Epsom, un lugar que albergaba numerosas familias adineradas y donde existía una gran afición a las carreras de caballos, lo que le proporcionaba una buena ocasión para captar numerosos clientes. De hecho, al enterarse de que pensaba marcharse, la ciudad llegó a ofrecerle 100 guineas al año si se quedaba en Epsom.

Se consideraba una «huesera» o sanadora de huesos, ya que tenía una gran habilidad para componer y recolocar los huesos afectados por luxaciones y fracturas mediante la fuerza manual. Aprendió este oficio de su padre y parece que, a pesar de su aspecto físico, descrito como repulsivo, logró una gran fama en una habilidad técnica que se consideraba exclusivamente masculina. El apelativo de «loca» provenía de su personalidad pendenciera y su propensión a la ebriedad, lo que hacía que a veces se la viera por las calles gritando obscenidades. Viajaba de Epsom a Londres en una costosa diligencia con un tiro de cuatro caballos, que decoraba con las prótesis de los pacientes curados, a las que llamaba sus «trofeos de honor». Se la ha descrito como una de las primeras exponentes de la osteopatía.

Grabado de Sally Mapp, sosteniendo un hueso.

Chevalier John Taylor

Oftalmólogo inglés y figura notoria del siglo XVIII. Fue un cirujano ocular itinerante y un gran autopromotor que recorrió gran parte de Europa, alcanzando fama y atendiendo a miembros de la realeza y a dos de los más grandes músicos de la historia: Johann Sebastian Bach, que padecía cataratas muy intensas y al que no logró curar (murió ciego a los 65 años), y Händel. Se dice que dejó más ciegos de los que curó, ya que tenía un índice de curaciones más bajo que otros cirujanos, pero su publicidad a bombo y platillo y su continuo cambio de lugares hacían muy difícil seguir el rastro de cegueras que iba dejando a su paso. Incluso realizaba sus operaciones al aire libre en plazas y mercados delante de los espectadores. Se autonombraba oftalmólogo pontificio, imperial y real. De hecho, trató con éxito al rey Jorge II.

Escribió varios libros sobre oftalmología y se le atribuye la primera ilustración donde se muestra la semidecusación del nervio óptico en el quiasma. Actualmente se le considera un charlatán y uno de los mayores estafadores de la oftalmología de su época.

Jacques de Beaulieu (“el hermano Jacobo, el litotomista”)

Fue un célebre cirujano itinerante y litotomista francés (también denominado “cantero”) que vivió entre el siglo XVII y el XVIII. Aunque no tenía una formación formal en anatomía, fue de los primeros en utilizar y popularizar la técnica del enfoque lateral para la litotomía perineal con el fin de tratar las litiasis vesicales. Un método que fue adoptado y perfeccionado por otros cirujanos y se convirtió en el procedimiento estándar durante más de 200 años.

Se vestía como un fraile franciscano, con hábito y sombrero negro de ala ancha para conseguir seguridad y libre hospedaje en sus viajes, lo que le valió el apodo de “fray Jacobo”. En sus viajes por buena parte de Europa, realizó miles de cirugías. Se estima que unas 5000 litotomías y multitud de operaciones de hernia. Sus procedimientos, atrevidos e innovadores, inicialmente con bajas tasas de éxito, pero luego con resultados mucho mejores, le proporcionaron el récord de haber realizado en 1701, 28 litotomías y 14 hernioplastias sin ninguna mortalidad. Fue un hombre generoso, compartiendo abiertamente sus técnicas, lo cual contribuyó al avance de la urología, y repartió premios y dinero entre los pobres. Al morir, donó toda su fortuna a la beneficencia pública.

James Graham y la cama celestial

Fue el maestro escocés de la charlatanería del siglo XVIII, con su alianza entre ciencia y sexo, y promotor de la medicina eléctrica, ya que creía que la electricidad y el magnetismo podían curar males y vigorizar el cuerpo.

Su invento más conocido fue la «cama celestial», que era la pieza central de su extravagante establecimiento londinense denominado el «Templo de la Salud y el Himeneo». Se presentaba como doctor y decía tener un título emitido en Edimburgo, aunque se duda de su legalidad. La “cama celestial” era un dispositivo muy caro, pesado y complejo, con un colchón de crin de sementales, un gran imán e inscripciones en el techo que decían: “sed fértiles, multiplicaos y llenad la tierra”. La cama podía girar sobre su eje en cualquier ángulo y estaba perfumada con flores y especias, además de emitir un ruido zumbante provocado por la supuesta electricidad vigorizante.

Pregonaba ser un remedio útil para el tratamiento de la impotencia y garantizaba la concepción para las parejas, por lo que era alquilada con asiduidad por la considerable suma de $\textsterling 50$ por noche. Su Templo de la Salud atrajo a buena parte de la aristocracia y fue una de las atracciones más populares de Londres. A menudo fue objeto de burla en obras de teatro y caricaturas. Finalmente, tuvo problemas de deudas y el templo cerró en 1784, fracasando en sus intentos posteriores de recuperar la popularidad mediante los baños de lodo.

Recreación de la “cama celestial” de Graham.

Aún quedan muchos charlatanes españoles y foráneos, como Franz Anton Mesmer y su magnetismo animal, pero se merecen un estudio individualizado.

Referencias principales

  • Wootton D. Matasanos. Shackleton Books. 2024.
  • Sutcliffe J, Duin N. Historia de la Medicina. Ed. Blume.
  • López Pérez M. Los charlatanes: vendedores de humo que todo lo curaban con sus maravillosas y curiosas medicinas. Studia Hermética Journal. Vol. VI(1). 2016.
  • Carlos A. Grau. El charlatanismo en medicina. Ofic. Sanit. Panamericana. 1940.
  • Martykanova D, Núñez García V.M. El honor, el fraude y las profesiones sanitarias en la Europa del siglo XIX. Dynamics. 2021.

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