El sabueso de la historia

Una historia peculiar de la medicina

El despertar del mundo invisible: La revolución de la Microbiología en el siglo XVII

Replica a escala de uno de los microscopios de Leeuwenhoek

El siglo XVII no fue simplemente una centuria más en el calendario; representó un periodo de transición crítico para la medicina. Fue el momento en que el pensamiento científico comenzó a alejarse lentamente de la rigidez de la Antigüedad Clásica para abrazar la observación empírica.

Hasta mediados de siglo, nuestra concepción del mundo biológico estaba limitada por el alcance del ojo humano. Ante la ausencia de herramientas para observar el universo microscópico, las enfermedades infecciosas se atribuían a «miasmas» (aires corruptos), castigos divinos o al desequilibrio de los cuatro humores corporales. El descubrimiento de los microbios no fue solo un avance técnico; fue una auténtica revolución filosófica que reveló una dimensión de la vida que había permanecido oculta desde el origen de los tiempos.

Podemos denominar al siglo XVII como la “Era de la Lente”. En estos años, el perfeccionamiento en la talla del vidrio —especialmente en los Países Bajos e Italia— permitió el nacimiento de dos instrumentos que cambiarían nuestra escala del universo: el telescopio y el microscopio. Curiosamente, mientras el telescopio desafiaba las teorías geocéntricas y despertaba la suspicacia del Vaticano, el microscopio gozó de una recepción más tranquila; la Biblia, después de todo, no mencionaba nada sobre lo infinitamente pequeño.

La historia de las lentes, no obstante, es milenaria. Desde la lente plana de roca hallada en Nínive (705-612 a.e.c) hasta los globos de vidrio soplado de Aristófanes, el ser humano siempre buscó ampliar su visión. Debemos reconocer a Al-Haitham (Alhacén) como el padre de la óptica, y a figuras como Roger Bacon o Galileo Galilei, quienes ensamblaron las bases de lo que hoy conocemos como instrumentos ópticos compuestos.

Hacia 1590, los hermanos Zacharias Janssen montaron lentes en tubos de latón deslizantes, creando el que se considera el primer microscopio compuesto. Aunque estos aparatos primitivos padecían de graves aberraciones cromáticas, permitieron a Galileo observar la anatomía de insectos pequeños como pulgas y mosquitos.

El primer gran paso hacia la microbiología moderna lo dio el polímata inglés Robert Hooke. En 1665, publicó Micrographia, que bien puede considerarse el primer «best-seller» científico de la historia. En sus páginas, Hooke acuñó el término “célula” para describir las estructuras que observó en un corte delgado de corcho, las cuales le recordaban a las celdas de un panal de abejas.

Aunque Hooke solo observó células muertas y no microorganismos vivos (debido a la limitada potencia de sus lentes), su obra despertó un interés febril por la microscopía en toda Europa.

Es aquí donde entra en escena una de las figuras más fascinantes de la historia: Anton van Leeuwenhoek. Nacido como Thonis Phillipszoon en Delft (1632), este hombre de origen humilde y sin formación universitaria desafió todas las expectativas de su época.

Leeuwenhoek, quien solo hablaba holandés y trabajaba como comerciante de telas y funcionario municipal, desarrolló una curiosidad insaciable. Su deseo de controlar la calidad de los hilos lo llevó a aprender de forma autodidacta el arte de soplar y pulir vidrio. El resultado fue asombroso: fabricó lentes diminutas y casi esféricas capaces de alcanzar aumentos de hasta 275x, con una claridad que nadie pudo emular durante más de un siglo.

A diferencia de los microscopios compuestos de la época, que distorsionaban la imagen, Leeuwenhoek utilizaba microscopios simples (de una sola lente). Aunque nunca reveló su sistema de iluminación, se cree que empleó una técnica de «campo oscuro» para observar a los microorganismos por luz reflejada.

En 1684, Leeuwenhoek se convirtió en la primera persona en describir microorganismos con detalle. Al observar agua de lluvia estancada, quedó fascinado por la presencia de múltiples seres vivos a los que llamó “animáculos” (protozoos). Sus investigaciones fueron tan variadas como rigurosas:

Al examinar el sarro de sus propios dientes, descubrió y dibujó diferentes formas bacterianas: cocos (esferas), bacilos (bastones) y espirilos. Describió por primera vez los glóbulos rojos, los espermatozoides y el sistema de capilares. Observó Giardia en sus propias heces, aunque en aquel momento no comprendió su potencial patogénico.

En 1677 menciona por primera vez los espermatozoides en una carta enviada a la Royal Society, en la que habla de animáculos muy numerosos en el esperma

Pese a su falta de metodología científica formal, su precisión era tal que sus dibujos siguen asombrando hoy en día. Sin embargo, cuando envió sus hallazgos a la Royal Society de Londres en 1676, la incredulidad fue total. ¿Cómo podían habitar millones de seres en una sola gota de agua? Fue necesario que Robert Hooke verificara los hallazgos para que, finalmente, Leeuwenhoek fuera admitido como miembro de la prestigiosa institución en 1680.

El trabajo de Leeuwenhoek fue un hito que sentó las bases de lo que, 200 años después, sería la teoría germinal de Pasteur y Koch. No obstante, en su tiempo, estos hallazgos fueron vistos más como curiosidades de la creación que como agentes de enfermedad. La humanidad tuvo que esperar hasta mediados del siglo XIX para que la ciencia conectara finalmente a estos «animáculos» con los procesos de infección y putrefacción.

Leeuwenhoek fue el primero en contemplar un espectáculo oculto, demostrando que la vida es mucho más densa y compleja de lo que parece. Aunque no pudo resolver el enigma de la generación espontánea, sus observaciones de gusanos vivíparos en el vinagre ya apuntaban a que la vida siempre proviene de la vida.

El microscopio no solo cambió la medicina; dio origen a la histología, la mineralogía y la cristalografía. Fue la llave que abrió la puerta de la biología celular.

Lámina técnica histórica que detalla el diseño y los componentes del microscopio simple de Leeuwenhoek, diseñado a finales del siglo XVII

Referencias principales

Ledermann W. ¿Quién los vio primero?. Rev. Chilena Infectol. 2012; 29(3): 348-352.

Restrepo M.I. Antono van Leeuwenhoek: Breve historia de un descubrimiento. Hechos Microbiol. 2012; 3(2): 99-102.

Contreras A. Origen y evolución de la microbiología. Rev estomatol. Vol2(1). 1992.

Susaeta Ediciones, editor. Atlas ilustrado de historia de la medicina. Madrid: Susaeta; 2015. Kahn A y cols. Una historia de la medicina o el aliento de Hipócrates. Ed Lunwerg. Barce

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