
Dos niños de la misma edad y del mismo entorno, que entraron en contacto con el virus de la viruela al mismo tiempo, posan en 1900 para el doctor Allan Warner, médico al frente del Hospital de Aislamiento de Leicester. Uno de ellos está previamente vacunado; el otro, no.
Este es uno de los capítulos más fascinantes y transformadores de la medicina: el nacimiento de la inmunología y la lucha por erradicar la viruela, una de las plagas más devastadoras que ha conocido la humanidad.
La medicina en el Siglo de las Luces
Antes de profundizar, hagamos una breve incursión en la medicina del siglo XVIII. Aunque no fue un periodo de progresos teóricos decisivos, sí se redescubrieron ciertas modalidades terapéuticas que, aunque conocidas en la Antigüedad, habían sido olvidadas o ignoradas durante siglos. En esta época, el movimiento humanista de la Ilustración se extendió por Europa. El conocimiento y el dominio de la naturaleza a través de la razón se convirtieron en la tarea fundamental del ser humano, lo que impulsó cambios significativos, más en el terreno práctico que en el teórico.
El siglo comenzó con la transición de la medicina barroca al periodo ilustrado; sin embargo, a pesar de ser el «Siglo de las Luces», aún perduraban corrientes esotéricas. Los mayores logros médicos se produjeron en la segunda mitad del siglo con el auge del vitalismo. Hasta entonces, para explicar el origen de las enfermedades, seguían vigentes dos corrientes surgidas en el periodo anterior: la iatrofísica y la iatroquímica. El vitalismo, una corriente de carácter animista, se sumó a ellas defendiendo la existencia de un «ánima» o fuerza vital en los procesos biológicos.
El despertar de la salud pública
Uno de los hitos más relevantes de este siglo fue el avance en la salud pública. El concepto de medicina social adquirió relevancia y se puso especial énfasis en la prevención. Ante las deficientes condiciones de salubridad, se mejoró la canalización de aguas en las ciudades y la higiene en hospitales y cárceles. Ya en 1656, el rey Luis XIV de Francia había ordenado clausurar las leproserías medievales —auténticos focos de miseria— y fundó un sistema de hospitales que sentó las bases para una mejora asistencial significativa a lo largo de los siglos XVIII y XIX.
Uno de los principales precursores de estos conceptos fue el médico austriaco Johann Peter Frank, autor del primer tratado sobre higiene pública: Sistema de una política médica global. En su obra, defendía que la miseria era el origen de muchas enfermedades y que los gobernantes debían asumir la responsabilidad de mejorar las condiciones de vida de la colectividad.
La viruela: El azote de la humanidad
Surgió así la necesidad de prevenir las enfermedades contagiosas. Una de las armas más eficaces resultó ser la vacuna: la inoculación de agentes patógenos (debilitados o muertos) para que el organismo desarrolle mecanismos de defensa. La primera se creó para combatir la viruela.
La viruela ha sido una de las enfermedades más temidas por su alta contagiosidad y virulencia, lo que dificultaba su control y desestabilizaba la vida pública. Además, se carecía de tratamientos efectivos. Sus orígenes son inciertos, aunque se han hallado lesiones características en momias de faraones egipcios, como la de Ramsés II, de quien se cree que murió a causa de esta enfermedad en el 1214 a. C.

Momia del faraón Ramsés II, que algunos creen murió de viruela en 1214 a. C.
La primera descripción escrita fiable data del siglo IV en China, mientras que en Europa los primeros registros aparecen en el siglo VI. Su difusión se vio favorecida por la expansión árabe, las cruzadas y el crecimiento urbano. Durante los siglos XVII y XVIII, la enfermedad se recrudeció en Europa con epidemias de altísima mortalidad, especialmente entre niños menores de cinco años.
La «plaga de las familias»
Durante siglos, las epidemias de peste, viruela, cólera, poliomielitis y sarampión sacudieron a la sociedad europea. Para comprender la magnitud del logro de la vacuna, debemos entender el terror que inspiraba la viruela: en el siglo XVIII se convirtió en la «plaga de las familias». A diferencia de la peste, esta enfermedad no distinguía clases sociales; afectaba tanto al pueblo llano como a nobles y reyes. Se decía de ella:
«La viruela está siempre presente, llenando de cadáveres los cementerios, atormentando con miedos constantes a los que aún no han sido atacados, y dejando en aquellos cuyas vidas ha respetado las horribles huellas de su poder».
Se calcula que causaba unas 400,000 muertes anuales en Europa. Solo en el siglo XVIII cobró 60 millones de vidas, y 300 millones en el XIX. Uno de cada tres enfermos moría. Los supervivientes a menudo quedaban marcados de por vida con cicatrices en el rostro, calvicie o ceguera si el virus afectaba la córnea. En el Nuevo Mundo la mortalidad fue aún mayor, diezmando drásticamente a las poblaciones indígenas.
De la variolización a la ciencia moderna
Durante siglos, las medicinas hindú y china utilizaron un sistema preventivo: introducían polvo de costras secas en las fosas nasales de niños sanos. En Turquía y Asia Menor se empleaba el variolización, que consistía en raspar la piel de un individuo sano con agujas impregnadas en material de pústulas de un caso leve de viruela. Se habían ideado varios métodos para disminuir la virulencia de las muestras que se utilizaban, así, por ejemplo, la pulverización en agua de las costras de viruela, dejándola así varios días antes de utilizarla o en China que se inspiraban pústulas pulverizadas.

A pesar de su eficacia, estas prácticas fueron ignoradas por la medicina occidental durante mucho tiempo. Las noticias llegaron a Europa a principios del siglo XVIII mediante cartas enviadas a la Royal Society de Londres, pero quien realmente popularizó el método fue Lady Mary Wortley Montagu. Tras observar la costumbre en Constantinopla, inoculó a sus propios hijos y, a su regreso a Londres en 1719, difundió los beneficios del sistema entre la aristocracia.
La aceptación no fue inmediata. Sin embargo, ante una epidemia en Londres en 1721, Lady Mary convenció a su médico para variolizar a su hija de tres años. Al conocerse el éxito, Sir Hans Sloane solicitó permiso para probar la técnica en seis condenados a muerte y, posteriormente, en cinco huérfanos. Aunque la técnica era arriesgada (1 de cada 50 pacientes moría por una forma grave de la infección), los resultados positivos vencieron las resistencias, llevando incluso a los futuros reyes Jorge II y Carolina a inocular a sus dos hijas.
Edward Jenner y el origen de la vacunación
Setenta años después de que Lady Mary Wortley Montagu introdujera en Europa la inoculación de la enfermedad atenuada por contacto directo, un médico rural británico, Edward Jenner, estableció la relación entre la viruela de la vaca (viruela bovina) —una afección benigna— y la viruela humana.
Jenner concibió la vacuna antes de que Pasteur y Koch descubrieran el papel de los microorganismos, cambiando de manera decisiva la relación de la humanidad con las epidemias y la salud.
Jenner nació en 1749 en Berkeley, Gloucestershire, un condado del suroeste del Reino Unido, fundamentalmente rural y dedicado a la ganadería lechera. Desde joven desarrolló un profundo interés por la naturaleza y el coleccionismo de fósiles.
A los 13 años comenzó como aprendiz de Daniel Ludlow, un cirujano y farmacéutico de Sodbury, quien más tarde lo enviaría a Londres para completar su formación. En 1770, se convirtió en alumno de John Hunter, el prestigioso cirujano y anatomista del Hospital San Jorge de Londres, con quien adquirió una sólida base científica.
Tras colaborar en la catalogación de los ejemplares traídos por el explorador James Cook, Jenner rechazó el puesto de naturalista en una nueva expedición; prefirió regresar a Berkeley para ejercer como médico rural. Allí se convirtió pronto en un profesional reconocido, atendiendo a pacientes en su consulta o visitando las granjas de la región.
En 1788 fue nombrado miembro de la Royal Society por un exhaustivo estudio sobre las costumbres del cuco: demostró que eran los propios polluelos de esta ave los que expulsaban del nido los huevos de los pájaros cuya morada habían invadido.
El experimento histórico
En su entorno rural, Jenner escuchaba a menudo un dicho popular: quien contraía la viruela de la vaca durante el ordeño quedaba protegido contra la viruela humana.
Así, en 1796, recogió muestras de las llagas de Sarah Nelms, una joven infectada de viruela bovina, e inoculó a James Phipps, un niño de ocho años. Una semana después, el niño presentó síntomas leves. Tras su recuperación, Jenner repitió el proceso, pero esta vez utilizando el virus de la viruela humana. El niño no desarrolló la enfermedad. Se demostró así que la viruela bovina, una variante benigna, evitaba el contagio de la viruela mortal.
Jenner envió el informe de su experimento a la Royal Society en 1797 («Investigación sobre las causas y los efectos de la viruela variolosa»), lo que suscitó intensos debates y suspicacias. Aunque inicialmente no encontró voluntarios, en 1803 se fundó la Royal Jennerian Society para promover la vacunación con el objetivo de erradicar la enfermedad.
El procedimiento se extendió gradualmente por Gran Bretaña y Europa. En menos de 50 años, la vacunación reemplazó progresivamente a la variolización, cuya práctica fue prohibida en Inglaterra en 1840.
Sin embargo, la vida personal de Jenner se vio empañada por la tragedia: perdió a tres de sus cuatro hijos y a su esposa (probablemente por tuberculosis). Se retiró de la vida pública y falleció en 1823.
Un contexto de cambio
La vida de Jenner y el descubrimiento de la vacuna se inscriben en una época de transformaciones profundas:
- Sociales: La Guerra de Independencia de EE. UU. marcó la política británica del siglo XVIII.
- Económicas: La agricultura y ganadería se transformaron mediante la selección de razas para optimizar el rendimiento.
- Industriales: El inicio de la Revolución Industrial y el éxodo rural hacia las ciudades.
- Médicas: Se abandonó el predominio de las clases magistrales en favor de la práctica clínica hospitalaria, la especialización y la tecnificación.
El movimiento antivacunas: ayer y hoy
A pesar de su eficacia e inocuidad, la vacuna enfrentó una feroz oposición desde sus inicios:
- Sátiras y miedo: Se publicaron caricaturas y panfletos que sugerían que a los vacunados les crecerían apéndices vacunos.
- Ligas antivacunación: En 1890 surgió en Francia una «Liga Universal de Antivacunadores». Muchos médicos desconfiaban de su eficacia debido a fallos técnicos en la conservación de las muestras.

Ilustración de 1802 que representa al llamado “Monstruo de la vacunación” y como los antivacunas acuden al rescate.
- Religión: Parte del clero alegaba que la vacuna contradecía los designios divinos.
A mediados del siglo XIX, la reaparición de brotes puso en duda su fiabilidad. Existían preguntas sin respuesta: ¿La protección era de por vida? ¿Era mejor la vacuna animal o la humana (brazo a brazo mediante el niño «vaccinífero»)?
Legado y erradicación
Mientras Jenner trabajó de forma empírica, el principio de atenuación se convirtió en el pilar de la inmunología gracias a Robert Koch y Luis Pasteur. Fue este último quien acuñó los términos «vacuna» y «vacunación» en honor a Jenner y sus vacas.
En 1958, la OMS inició un ambicioso programa de erradicación que, a pesar de las tensiones de la Guerra Fría, logró su objetivo. El último caso de viruela se diagnosticó en 1977 y en 1980 se declaró oficialmente erradicada.
Tipos de vacunas actuales
Hoy en día, las vacunas se clasifican según su naturaleza:
- Virus atenuados: Versiones debilitadas del patógeno (sarampión, parotiditis).
- Inactivadas: Utilizan el germen muerto (gripe, polio, rabia).
- Subunidades/recombinantes: Utilizan partes específicas como proteínas (Hepatitis B, VPH).
- Toxoides: Dirigidas contra las toxinas del germen (tétanos, difteria).
- ARNm: Tecnología que enseña al cuerpo a fabricar proteínas para combatir el virus (COVID-19).
Jenner no fue un genio innovador, ni siquiera el primero en haber relacionado la viruela bobina y la viruela (fue el granjero Benjamín Jesty), pero su mérito reside en haber aplicado un método científico, documentando sus experimentos y facilitando la vacunación a gran escala. Su trabajo sigue siendo la medida sanitaria que más vidas ha salvado en la historia.

Edward Jenner
Referencias principales
Mettra M. Edward Jenner: la vacuna contra la viruela. Historia en 50 minutos.es
Quezada A. Los orígenes de la vacuna. Rev Med Clin Condes. 2020; 31 (3-4): 367-373.
Valera Parra A. Historia de la vacuna contra la viruela. Univ Salamanca. 2023.
San A, Ramos-Sánchez M. Historia de las vacunas y sueroterapia. Gac Med de Bilbao. 2013; 110(3): 74-80.
Atlas ilustrado de historia de la medicina. Madrid: Susaeta; 2015.
Kahn, A., et al. Una historia de la medicina o el aliento de Hipócrates. Barcelona: Editorial Lunwerg; 2011.
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