El sabueso de la historia

Una historia peculiar de la medicina

Ibn al-Jaṭīb – Epidemiólogo adelantado.

Recreación de la orilla del Darro en la Granada nazarí durante la epidemia de peste de 1348 y al lado una fotografía de la misma zona durante el confinamiento por Covid-19.

Es evidente que la mayoría de las personas que han tenido contacto con una víctima de la peste morirán, mientras que aquellas que no lo han tenido se mantendrán saludables. Una prenda de vestir puede llevar la infección a una casa, incluso un pendiente puede resultar fatal para el hombre que lo pone en su oreja. La enfermedad puede hacer su primera aparición en una sola casa de un pueblo determinado, y luego extenderse a partir de ahí a otras personas, vecinos, familiares, visitantes….” (Ibn al-Jatib)

Entre 1346-1353 se produjo una terrible epidemia de peste negra o bubónica que asoló la mayor parte de Europa y el Mediterráneo. Se calcula que murieron más de 50 millones de personas, lo que representó cerca del 60 % de la población europea de aquel momento. Por supuesto, también afectó de forma muy intensa al Reino nazarí de Granada (7 de cada 10 habitantes del Reino padecieron la enfermedad, según relata Ibn al-Jatib): La Peste Negra se dispersó por todo el territorio en forma de nube asesina, diezmando ciudades y pueblos, quedando algunos totalmente despoblados. Los fallecidos eran enterrados en fosas comunes, lo que no evitaba que los muertos se amontonaran impregnando la atmosfera con el olor de los cadáveres en descomposición por lo que hubo que quemarlos en grandes piras.
Las puertas de la ciudad de Granada se cerraron, los mulos y burros de los campesinos no podían acceder a la ciudad con lo que los mercados empezaron a verse vacíos de frutas y verduras. El hambre se unió a la terrible enfermedad. Los granadinos se encerraban en sus casas y quemaban plantas olorosas a fin de combatir la atmosfera contaminada de sus hogares. Los cultivos se perdieron por falta de mano de obra, los caminos se encontraban desiertos, las obras en La Alhambra quedaron interrumpidas..

En aquel tiempo prevalecía la “teoría de las miasmas”, procedente del mundo antiguo, en la que se consideraba que los vapores envenenados y corrompidos (miasmas), presentes en el aire que rodeaba a los enfermos, podían causar las enfermedades pestilenciales. Algunos destacaban la falta de higiene como principal motivo de la enfermedad, ya que notaban que la peste se desarrollaba con mayor virulencia en los barrios más humildes, allí donde las clases sociales más pobres vivían rodeadas de estiércol y aguas fecales.

Sin embargo, tanto en el mundo musulmán como en el mundo cristiano, la causa última de la enfermedad se consideraba que se debía a la voluntad de Dios, como castigo a los pecadores e infieles. Por ello reaccionaron recurriendo a amuletos y talismanes, así como a plegarias o actos de penitencia.

 Los médicos se mostraban totalmente ineficaces para combatir la epidemia y muchos huyeron dejando a los enfermos a su suerte.

Pero en Granada, un médico, Ibn al-Jatib en 1348, redactó su célebre “El que convence al que pregunta sobre la enfermedad terrible – Tratado sobre la peste”.  En él sostuvo una tesis audaz: la peste no era un castigo divino ni un fenómeno astrológico, sino que se transmitía por contagio directo e indirecto. Para demostrarlo recurrió a la observación empírica: la enfermedad pasaba a través de ropas, utensilios, agua contaminada o contacto entre personas, y las comunidades aisladas, como algunas tribus nómadas, quedaban libres de ella. Por eso defendió el aislamiento de los enfermos y la separación preventiva, medidas que chocaban con la ortodoxia religiosa de su tiempo, pero que hoy reconocemos como los fundamentos de la epidemiología moderna. ¿Quién fue este médico tan adelantado a su tiempo?

Se llamaba Lisan al-Dinq Ibn al-Jaṭīb (1313-1374) y es considerado uno de los personajes más fascinantes de al-Andalus. Conocido como “el de las dos vidas” por su infatigable trabajo nocturno. Fue político, poeta, historiador, médico y pensador avanzado, fue un verdadero hombre del Renacimiento antes del Renacimiento. Ocupó el cargo de visir en la corte nazarí y se movió en los círculos de poder, lo que le dio influencia, pero también le creó envidiosos enemigos. Sus intrigas y rivalidades lo llevaron al destierro en Marruecos, donde acabó muriendo de forma violenta en una prisión de Fez en 1374, estrangulado por orden política y acusado de herejía.

Su producción médica no se limitó a este tratado. Compuso obras de gran alcance como el ‘Arte del que emplea su talento médico en favor de la persona que ama” (Amal man tabba li-man habba), un extenso manual de patología general y especial (enfermedades de los ojos, oídos piel, etc.) donde describía enfermedades órgano por órgano, desde la cabeza hasta los pies (orden que era habitual en todos los médicos árabes) y proponía tratamientos que combinaban ciencia médica, farmacopea árabe y remedios populares. Fue escrita de forma apresurada por al-Jatib durante su primer destierro en el Magreb. En el Libro de Higiene (Kitab al-Wuṣūl), sistematizó las bases de la salud preventiva: estaciones del año, complexiones del cuerpo, dietética, ejercicio, sueño, higiene sexual y estados anímicos. También se le atribuyen un poema médico, el tratado Sobre la formación del feto —pionero de la embriología árabe— y el enigmático al-Yusufi, del que no se conservan manuscritos.

Su estilo es claro y práctico: pretendía redactar manuales de uso cotidiano, útiles tanto para médicos como para personas sin formación especializada. Aunque en muchos casos actuó como recopilador y sistematizador de la tradición médica greco árabe (Hipócrates, Galeno, al-Razi, Ibn Sina), en otros se mostró original e innovador, como en su teoría del contagio o en la aceptación de prácticas polémicas en su tiempo, como el uso del vino con fines médicos; uso de afrodisíacos; de anticonceptivos o formas de provocar el aborto bajo determinadas circunstancias.

La comparación con la pandemia de la COVID-19 resulta inevitable. En pleno siglo XXI, las autoridades sanitarias recurrieron a cuarentenas, aislamiento de enfermos y limitación de contactos, las mismas medidas que Ibn al-Jaṭīb defendió en el siglo XIV frente a la peste. La diferencia radica en los medios científicos, diagnósticos y farmacológicos actuales, pero el principio esencial —cortar la cadena de transmisión— ya estaba formulado por este médico granadino.

Por todo ello, Ibn al-Jaṭīb puede considerarse un visionario de la salud pública. Su vida turbulenta, marcada por el poder, el destierro y la muerte violenta, contrasta con la vigencia de sus ideas médicas, que siguen resonando siglos después. En tiempos de pandemia global, su voz nos recuerda que la observación, la razón y la prevención son nuestras mejores armas frente a la enfermedad. Con el permiso de los negacionistas y demás especímenes.

Referencias básicas (secundarias)

Ibn al-Jatib. Pandemia y confinamiento en la Granada de 1348. Campos, A. Actual. Med. 2020; 105: (809): 62-65.

La Medicina de al Andalus. Vigueras JM y Moreno MD. Ed. Almuzara. 2024.

Los moriscos y la medicina. García Ballester L. Labor Universitaria. Monografías. 1984.

Ibn Al-Jatib. Molina López E. Comares: Granada; 2001.

Médicos de al-Ándalus. Avenzoar, Averroes, Ibn al-Jatib. Cristina de la Puente González. Ed Novatores. 2014