
Primera operación con éter realizada por Morton y Warren, el 16 de octubre de 1846 en el MGH de Boston
La idea es dar una visión de conjunto y ampliar la mirada sobre este periodo crucial. Si la medicina fuera una civilización, el siglo XIX sería su Renacimiento y su Revolución Industrial unidos en un solo cuerpo cronológico. No estamos ante un simple avance de conocimientos, sino ante una mutación ontológica: la medicina dejó de ser un «arte de curar» basado en la retórica, la tradición y los enfoques peculiares de un “maestro” o escuela, para convertirse en una biología aplicada. Fue una ruptura violenta con dos milenios de prácticas y tuvo un impacto enorme; de hecho, sus elementos fundamentales aún conservan su vigencia.
El ocaso de los humores y el nacimiento de la patología localista
Al despuntar el siglo, todavía resonaban en las cátedras las teorías de Galeno y el vitalismo del XVIII. Se creía que la enfermedad era un desequilibrio de «humores» o una alteración de la «fuerza vital» que afectaba a todo el organismo por igual. Sin embargo, la Escuela de París, con nombres como Dupuytren, Alexandre Louis, Cruveilhier y Trousseau, impuso un giro radical. El médico ya no preguntaba «¿qué le pasa al paciente?», sino «¿dónde le duele y qué lesión hay allí?». Esto suponía un cambio profundo en la formación médica y en el modelo de universidad existente.
Xavier Bichat, que murió antes de cumplir los 31 años, realizó cientos de autopsias para demostrar que la enfermedad no reside en los órganos completos, sino en los tejidos. Su obra sentó las bases de la mentalidad anatomoclínica: la clínica (lo que vemos en el vivo) debe integrarse con la anatomía patológica (lo que vemos en el cadáver). Este enfoque dominaría los primeros años del nuevo siglo, aunque fue agotando sus posibilidades de avance médico.

Xavier Bichat
Otro paso clave lo realizó en 1819 René Laennec, quien publicó su Traité de l’auscultation médiate, donde presentaba el uso del estetoscopio. Antes de él, el tórax era una caja negra. Con su cilindro de madera, el médico pudo escuchar por primera vez el lenguaje de los pulmones y el corazón. Términos que hoy usamos a diario, como «estertores» o «egofonía», nacieron de su capacidad para relacionar un sonido específico con una cavidad o una inflamación observada posteriormente en la autopsia. El estetoscopio representó un gran avance y, al mismo tiempo, su desarrollo fue muy rápido, llegando a convertirse en uno de los símbolos más representativos de la profesión médica.

La investigación en el ámbito germánico
Mientras Francia destacaba en la clínica, Alemania transformaba la educación médica. Bajo el modelo de Wilhelm von Humboldt, la universidad se convirtió en un centro de investigación. Influenciados por la Naturphilosophie, los científicos alemanes buscaban el Arquetipo (la idea de que la naturaleza no creaba al azar, sino que eran variaciones de un solo tema). Goethe, por ejemplo, propuso que todas las partes de la planta eran hojas modificadas. Esta búsqueda de una «unidad de plan» permitió que la anatomía comparada floreciera. Si el brazo de un hombre y el ala de un murciélago comparten estructura, hay una lógica biológica profunda que nos une a todos los seres vivos.
La embriología realizó un paso gigantesco con las investigaciones de Karl Ernst von Baer, quien no solo descubrió el óvulo humano, sino que destruyó la teoría del «preformismo» (la idea de que dentro del espermatozoide había un hombrecito minúsculo). Demostró que el desarrollo es un proceso de diferenciación desde estructuras simples a complejas, estableciendo las tres capas germinales: ectodermo, mesodermo y endodermo.
Simultáneamente, Albert von Kölliker efectuó también importantes descubrimientos: la naturaleza celular de los espermatozoides capaces de fecundar al óvulo y la consideración de que los núcleos de ambas células eran los transmisores de los caracteres hereditarios, sentando las bases para el posterior desarrollo de la genética.
La consolidación de la Teoría Celular
Hacia 1850, el microscopio ya no era un juguete para curiosos, sino una herramienta de precisión gracias a las lentes acromáticas. Aquí surge la figura titánica de Rudolf Virchow. Previamente, en 1838, Matthías Jacob Schleiden, en su trabajo Contribuciones a la fitogénesis, sostuvo que las plantas estaban formadas por células y que estas eran las unidades estructurales del reino vegetal. Un año más tarde, en 1839, Theodor Schwann extendió esta teoría al reino animal y formuló de forma clara y sistemática que la célula es la unidad fundamental de la estructura y de la formación de todos los seres vivos.
El postulado «Omnis cellula e cellula» (toda célula nace de otra célula) de Virchow acabó con la generación espontánea y localizó la enfermedad en la unidad mínima de la vida. Para Virchow, el cuerpo es una «república celular» donde la enfermedad es una «insurrección» o una alteración del orden biológico a nivel microscópico. Esta visión permitió entender el cáncer y las inflamaciones desde una perspectiva que todavía hoy es el estándar de oro en patología.

Figura de la primera edición en alemán de la principal obra de Virchow: «Die Cellularpathologie» («Patología celular»)
La conquista del dolor y el miedo: Anestesia y Antisepsia
A mitad de siglo, entrar en un quirófano era, para muchos, una sentencia de muerte o un trauma imborrable. En 1846, en el «Ether Dome» de Boston, William Morton demostró que el éter podía suspender la conciencia de forma reversible y con éxito: permitió al cirujano John Warren realizar la extirpación de un tumor cervical sin dolor por parte del enfermo. Fue un momento mágico en la historia médica y de la humanidad. La cirugía pasó de ser una carrera contra el reloj (donde se premiaba al cirujano que amputaba una pierna en 30 segundos) a ser un procedimiento meticuloso. La experiencia se trasladó rápidamente a Norteamérica y Europa: Robert Liston en Inglaterra, el gran Magendie en Francia y Diego de Argumosa en España.

Diego de Argumosa: El 13 de enero de 1847 introdujo en España la anestesia por inhalación de éter sulfúrico, cuando tan sólo tres meses atrás lo habían realizado en los EE.UU. John C. Warren y William T. Morton.
Otro avance importantísimo sucedió en Viena. Ignaz Semmelweis, médico húngaro de origen alemán, estaba muy interesado en disminuir las elevadas tasas de muertes maternas por “fiebre puerperal”. Observó que las mujeres morían menos cuando las atendían matronas que cuando las atendían médicos que venían de la sala de autopsias. Su exigencia de lavarse las manos con cal clorada fue ridiculizada por sus colegas, quienes se sentían ofendidos por la idea de que sus manos «caballerosas» pudieran portar la muerte. Con el simple lavado de manos, redujo la mortalidad materna de un terrible 18% al 2%. Murió en un asilo, poco antes de que la microbiología le diera la razón.

En abril de 1847, la tasa de mujeres que contraían fiebre puerperal era del 18,3%. En mayo, al mes de seguir su lavado de manos con cloro, las tasas cayeron a poco más del 2% en el hospital de Viena
Nightingale y la Humanización Técnica
Otra figura clave de este siglo fue Florence Nightingale, considerada la fundadora de la enfermería moderna. Su intervención en la guerra de Crimea y sus escritos posteriores transformaron un oficio desprestigiado en una profesión científica y reputada. Reformó todo el sistema de cuidados integrando la higiene, la arquitectura, la nutrición y la estadística: no solo «limpió» hospitales, sino que los diseñó.
Postuló que la salud depende en gran medida y de forma directa de las condiciones externas. En su libro Notas sobre enfermería, estableció que la función de la enfermera era poner al paciente en las mejores condiciones para que la naturaleza actuara sobre él. Identificó cinco elementos esenciales: aire puro, agua potable, desagües eficaces, limpieza y luz solar directa. Fue una experta estadística que utilizó gráficos (como su famoso diagrama de área polar) para convencer al Parlamento británico de que la mala ventilación y el hacinamiento mataban más que las balas.

Florence Nightingale 1820-1910 atendiendo a los soldados en Scutari, un suburbio de Estambul durante la Guerra de Crimea. Litografía de Robert Riggs.
Llegamos a 1860 con un arsenal impresionante: sabemos cómo se dividen las células, cómo auscultar un corazón, cómo operar sin dolor y cómo diseñar hospitales sanos. Sin embargo, el gran misterio persistía: ¿Qué causa la infección? El escenario estaba listo para que un químico francés, Louis Pasteur, y un médico rural alemán, Robert Koch, iniciaran la segunda revolución: la de los microorganismos.
Referencias principales
Historia de la Medicina. Atlas ilustrado. Ed Susaeta.
López Piñero, J.M. Las ciencias médicas en la España del siglo XIX. 1992.
Alberto Ameri C. Historia de la medicina del siglo XIX. Rev Arg de Urol. Vol 69(1). 2004.
Walker K. La época de la especialización científica. En: Historia de la Medicina. Credsa, Barcelona. 1966.
Lain Entralgo P. Historia de la medicina. Ed Salvat. Barcelona. 1978.
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